Pieles finas y jaque al rey

“¿Quién va a explicarles a sus hijos que no pueden vivir

con su padre, con su madre, porque cantaron algo

que la sociedad, esta sociedad con la piel tan fina,

no fue capaz de soportar?

(Elena, madre de Saúl, del colectivo La insurgencia)

No me gusta el rap. Musicalmente no tiene nada que ver con mis cánones estéticos. Tampoco me interesan especialmente sus letras. Su poesía me parece, por lo general, simple, tediosa y sin demasiados anhelos de belleza. Así pues, no tengo ningún interés artístico personal en defender creaciones como las del colectivo La insurgencia o las del rapero Pablo Hasel, entre otros. Pero, el problema es, precisamente,este: que aquí no habla nadie de calidad artística, sino de responsabilidad política. En este sentido, entiendo dos cosas: una, que existe una relación cultural significativa entre el rap y nuestra época, lo cual hace que, aun estando muy lejos de él -como es mi caso-, no debamos despreciarlo sin más, sino interpretarlo reflexivamente; y, dos, que su calidad artística -que es lo que prima cuando hablamos de arte- solo debe ser juzgada desde argumentos de crítica estética. Solo así habrá proporcionalidad y justicia. De lo contrario, viviremos -como hoy- en la paranoia.

Puede que el rap sea una forma estética pobre, pero entonces lo que conviene es preguntarse qué tiene nuestra época para producir tanta miseria cultural y tanto vacío en sus entrañas. Sobre esto, además, quisiera añadir que, si el rap es pobre y agresivo, ya no sabría qué adjetivos emplear para el reggaeton y basuras culturales de gente como Maluma o Pink flaco&Kinder Malo -este último grupo acumula más de veinte millones de visitas en algunos de sus vídeos. ¡Vive la démocratie!-Pero nadie, que yo sepa, se ha planteado meterlos en prisión, y es que, a pesar de lo que podamos pensar algunos acerca de estas diarreas de la cultura de masas, una creación -incluso cuando es pura porquería- debe juzgarse con el beneficio que ofrece toda reflexión pausada acerca de lo que el arte es y significa para los seres humanos. Lo que puede hacer que millones de adolescentes dejen de tragarse toda esta bazofia se logrará invirtiendo en educación, y no en la construcción de nuevas celdas.

Podemos criticar el rap y sus letras, pero siempre apuntando a su forma artística. Una determinada estética se ha de criticar desde lo estético y no desde lo político, aun cuando toda estética pueda llegar a producir consecuencias políticas. Lo contrario a esto implica siempre un retroceso en relación al pensamiento sobre el arte. Cuando criticamos el contenido de una canción -tal y como ha sucedido estos últimos meses con los casos del colectivo La insurgencia y con el rapero Pablo Hasel- debiéramos abordar dicha crítica desde la forma -el tono que usa, las metáforas, la calidad de las voces, la musicalidad, etc.- y asumirla como una manera de desarrollar una reflexión cultural de mayor alcance. Hacerlo, en cambio, desde lo judicial solo prueba que quien critica es incapaz de verdadera crítica, pues carece del más mínimo criterio, a tal punto que ya no distingue los niveles del arte y los de la acción política. Cuando penalizamos lo estético, ya no hay crítica, solo hay censura.

Considero que, en materia de expresión artística, el ser humano tiene el legítimo derecho de sacar tranquilamente a pasear sus demonios. Me resulta infinitamente más repugnante todo el fraude del arte contemporáneo, donde alguno de sus representantes merecerían mucho más ir a prisión por estafa de lo que lo merecen unos autores de letras de rap, por muy insolentes y agresivas que estas sean. Y yo pregunto: ¿es que no tiene cabida la violencia en el arte? El arte mismo contiene la violencia propia de todo desafío. No hace falta decir que se arremete contra un poder determinado para hacer que el arte se vuelva subversivo. El verdadero arte ya tiene dentro de sí toda la subversión que supone sacar algo de las entrañas de la nada. Añadirle algo al mundo, en este sentido, es ya una forma radical de desafiarlo. El gran Marcel Moreau, un extraño escritor francés de verbo indomable y musicalidad única, decía en una entrevista de 1966 (puede consultarse el extracto en el minuto 33’43” en: https://www.youtube.com/watch?v=QhSZpJeodQY.): “je considère que tout homme qui vit intensément porte en lui le germe, plutôt le rythme, de l’agressivité absolue. Je pense qu’on ne peut pas vivre sans une certaine conscience criminelle. Il faut l’assumer, la guider, l’aiguiller vers des formes supérieures de vie” (“Considero que todo hombre que vive intensamente lleva en él el germen o, más bien, el ritmo de la agresividad absoluta. Pienso que no podemos vivir sin una cierta consciencia criminal. Hay que asumirla, guiarla y encaminarla hacia formas superiores de vida”).

Encarcelar a alguien por enaltecimiento del terrorismo e incitación a la violencia basándose en el contenido de unas letras supone, sencillamente, una injusticia y un desatino terriblemente peligroso. Si seguimos con una línea judicial y moral semejante, ¿por qué no plantear también una quema de obras clásicas con el fin de purgar el terreno de cualquier conato de violencia? ¿Por qué no condenamos de manera póstuma a Espronceda por haber cedido, en su desesperación romántica, al deseo de vernos a todos con los cráneos machacados? ¿Por qué no enviamos a ese Shakespeare que hace de reyes asesinos, al infierno? ¿Por qué no deberíamos precavernos de don Alonso Quijano, alias Quijote, que todavía anda por ahí mostrando cómo podemos encerrarnos en un mundo de delirio e inadaptación, y que sostiene, loco de él, que solo en la cordura llega la muerte? ¿Por qué no habríamos de escupir sobre la tumba de Goethe y maldecirlo por el peligro de su Werther y su mal ejemplo de suicida? ¿Por qué no deberíamos lapidar las memorias de Lisístrata y Aristófanes por haberse atrevido a criticar la sociedad de su tiempo? ¿Por qué no instaurar una fiesta que celebre la buena nueva de la muerte de Sócrates y que expulse de paso el recuerdo de su discípulo Platón? ¿No fue acaso Sócrates un corruptor e impío ciudadano a ojos de la corrección política de la Atenas democrática? ¡Oh, hipócrita lector, ¿mi semejante?

No se me ocurre comparar a Pablo Hasel con Sócrates, Shakespeare o Cervantes, pues su arte me parece indudablemente inferior. Ahora bien, este es un juicio estético y se queda en eso. Ni más, ni tampoco menos. Ahora bien, si lo llevamos al terreno político, su condena es equiparable a la que podría producirse si se censurase al Quijote por incitación a la locura, a Othelo por violencia machista o a Sócrates por efebofilia. Me resulta absurdo -casi ridículo- escribir estas cosas y, sin embargo, cada día vemos más cerca su realización, la cual ya ha comenzado a censurar libros, descolgar cuadros y, ahora, a condenar a penas de cárcel a jóvenes raperos que se atrevieron a desear un jaque mate al rey.

Cuando la sociedad política se dedica a depurar el arte para convertirlo en un simple adorno o en materia para traficar con influencias en salones del poder cultural, entonces, podemos estar seguros de que las cosas empeorarán y mucho. Si se niega al ser humano la posibilidad de desaguar su oscuridad, de gritar sus maldiciones y de expresar sus deseos más inconfesables en un espacio estético que lo aleje de su realización efectiva, entonces todos estaremos en peligro, pues los demonios se dedicarán a ocupar la tierra y a sembrarla de reales desastres, sea en las calles, desde las tribunas o desde las salas de lo penal. Entonces sí que habrá triunfado lo peor de nosotros. Sin un sagrado respeto a la libertad extrema del arte,  más importante aún que la propia libertad de expresión, entonces la Caja de Pandora vuelve a abrir sus puertas al desastre.

Es verdad que toda época ha conocido tensiones entre las normas sociales, los valores promovidos por los poderes de turno y el atrevimiento de sus artistas más contumaces. Sin embargo, si esa batalla la hubiesen ganado los hipócritas y los tibios de espíritu, hoy no podríamos acercarnos a la enferma belleza de una flor de Baudelaire y observar cómo, aún en la fluorescencia de la podredumbre de la que nos habló el poeta, sigue haciendo que nos enfrentemos a algo monstruoso que habita en nuestra manera moderna de vivir. Es decir: habríamos roto un espejo en el nos vemos reflejados como esperpentos valleinclanescos, pero que nos ayuda a comprendernos y a combatirnos.

No. No se puede encarcelar a nadie por lo que cante en sus canciones, por lo que escriba en una novela o por lo que pinte en un cuadro, al igual que no se gana nada -más bien se pierde- en la lucha contra el fanatismo racial prohibiendo la reedición del libro Mi lucha, de Adolf Hitler, tal y como se planteó hace algún tiempo en Francia. Si alguien quiere seguir creyendo en mitología raciales y suprematistas, lo hará todavía más al sufrir el celo inquisitorial. Pero si alguien lo que pretende es arremeter contra ellas utilizando buenos e informados argumentos, entonces lo tendrá mucho más fácil si puede acceder al libro de Hitler y comprobar, en primera persona, que se trata de un bodrio intelectual obsesionado por la idea -hoy sabemos que falsa- de razas biológicas. Sin embargo, me pregunto: ¿no había un intento de depuración en él? ¿No se parece en algo a esta nueva rueda, cada vez más nutrida, de sospechosos habituales? ¿Dios salve al Rey? No. Dios nos salve a todos de sucumbir a esta nueva purga purificadora de fanáticos con pines en la camiseta, estrógenos en la cabeza, testosterona en las manos y cuervos en las togas judiciales. Dios nos salve de pieles tan finas y resentimientos tan gruesos. Y, de paso, el rey que se vaya al… Jaque.

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