Bitácora de un neorromántico

(A Coruña, 11.8.17)

El caminante y su generación

La nostalgia es un país que cuesta mucho abandonar. Y es que, además, el país crece al ritmo con el que cambian los nombres de las calles, se inauguran jardines, se construyen nuevos edificios, se transforma para siempre el mapa urbano con el que pretendíamos, ilusamente, recobrar la infancia feliz y engañada. Caminar a las cuatro de la mañana por la ciudad de los sucesivos años adolescentes, dejando atrás, progresivamente, la zonas de marcha, el bullicio torpe y gargajoso de la manada, las botellas de cerveza rotas, el graznido único de las gaviotas, que ni en París, ni en Toulouse, ni en Madrid, el caminante puede escuchar, es como desatracar de un puerto de luces falsas -toda luz en la noche lo es- para adentrarse con un navío de carne y huesos en un océano lento de tiempo espeso y melancólico. Pero si la melancolía aporta todo el misterio de la tristeza sin objeto, la nostalgia conoce claramente su punto de mira y los motivos de su corazón.

La nostalgia es un país que nos pide caminar. Caminar nos da tiempo y medida esenciales y, de un solo plumazo, nos regresa al homínido, al australopitecus trashumante, y quién sabe si nostálgico, que caminaba durante días y moría de repente atravesando un río. Algunos coches pasan en ráfaga al lado del caminante, pues, para quien la quiera falsear, todavía hay noche para rato en discotecas, afters o algún que otro club de señoritas de guardia, allá donde el día natural se combate con encierro y neón. Pero hoy el caminante huye de todas esas falsas promesas -toda promesa en la noche lo es- y piensa con profundo abatimiento: ¿qué estamos haciendo? En el estamos, el caminante incluye generosamente y de una forma aproximativa y abstracta, a todo el mundo, aunque inmediatamente piensa en su generación y en lo que ve y experimenta de ella y con ella cada noche de los últimos…Solo pensar en los años que va a decir, le provoca vértigo y ansiedad al caminante, que siente ahora su propia ráfaga atravesándole el espinazo. La nostalgia de la infancia y la adolescencia perdidas, de los años iniciáticos, con sus honestos excesos, sus iluminaciones y sus esperanzas, se rompe con la violencia de una ola en la bahía atlántica, al comprobar que de todo aquello quedan apenas algunos esporádicos brillos y risas en medio de la inacabable borrachera de los desesperados.

La generación del viajero está repleta de desheredados y de falsos triunfadores que trabajan para Inditex o cosas por el estilo. La mona princesita cuarentona que se hace la importante porque vive en Barcelona y se codea con músicos y se enamoró de un argentino y logró tener un hijo y tiene, claro está, mucho cuidado de que la embriaguez no le desbarate la máscara de mentira que se ha montado y descubra la verdadera máscara de vacío y soledad que le da un aire de moribunda; el tipo que intenta hablar con la mujercita, pero que al quinto cubata necesitaría ya urgentemente un logopeda; la comunidad de saltimbanquis que entran en los locales de cocaína hasta las orejas; las viejas glorias de la música local que fueron perdiendo grupis al compás de la alopecia, la gordura y el aliento a morapio; en fin, la algarabía estéril de una interminable noche antropológica, donde todos se encuentran, se vigilan, se envanecen, se desprecian, se emborrachan y se mueren hasta la noche siguiente. Por supuesto que las fotos whatsappeadas del día después, cuando los croissants sepan ya a estofado de ternera, lo que mostrarán serán rostros sonrientes, brindis victoriosos bajo lunas eléctricas y epígrafes banales de arte contemporáneo – noche de reencuentros, cañitas y sonrisas, entre amigos después de los conciertos, etc.- aderezados con una ristra de emoticonos con forma de huevos fritos y corazones. Qué interminables parecen los recursos del mago para entretener al personal con sus artilugios, cuando lo cierto es que ya no hay conejo en la chistera ni magia entre los vivos. ¿Los vivos?