Dévenir: une anthropologie pour le nouveau monde

Aujourd’hui j’ai commencé une nouvelle aventure – Devenires: una antropología para el nuevo mundo (Dévenir: une anthropologie pour le nouveau monde)- à la radio mexicaine Radio Nocolaita. Chaque deux semaines je ferai une collaboration sous la forme d’une brève réflexion à propos de différents aspects lesquels, à mon regard, peuvent nois aider à interpreter le monde où nous vivons aussi bien que celui qui s’esquisse peu à peu à l’horizon.

En partant de la méthode chère à l’ethnographe attentif, dont le journal de terrain est tôt rempli avec des références variées, il m’intéresse d’aborder une panoplie de sujets et domaines à partir de cette hétérogéneité de sources. Sigue leyendo

Invitación a una Antropología de la fama

    Estar al corriente de la fama, hoy en día, no es tarea difícil. Basta con echar un vistazo a algunas de las revistas clásicas de la prensa del corazón o zambullirse en los cientos de páginas que encontramos en Internet. Y si usted habla algún idioma además del español -salvo el esperanto, que poco ha dado la fama en esa lengua- entonces multiplicará sus posibilidades de estar al día en asunto de famosos y se graduará cum laude en las conversaciones y los corrillos sociales de moda. Ahora bien, saber un poco más sobre el significado de la fama, eso ya es harina de otro costal.

    Para un antropólogo social la fama resulta interesante por un motivo, principalmente: porque proporciona una importante pista cultural a la hora de comprender mejor cuál ha sido una parte del recorrido seguido por las sociedades occidentales. Con la fama entendemos mejor la manera que tenemos de vivir en el mundo actual y de experimentar la cotidianidad. Sin la fama, perdemos muchos detalles al respecto y nos quedamos con una imagen simple y tópica de las cosas.

    Culturalmente, la fama encuentra su origen en el mito y su continuidad en la antigua noción de gloria. El mito, entre otras muchas cosas, nutre y se nutre de la celebridad de sus personajes, mientras que la idea de gloria asegura la fama más allá de la muerte. Podemos ilustrar esta idea pensando en Lord Byron, cuya fama de poeta y amante lo convirtieron en un mito, y recordando luego al entrañable Cyrano de Bergerac, que vivió en la muerte su momento de gloria, alcanzando con ello la inmortalidad. Ô, mon panache! Ambos personajes, sin embargo, puede decirse que aún hoy viven bien instalados en su mítica y gloriosa fama.

    Por otra parte, está claro que la fama ha cambiado y mucho a lo largo del tiempo y de la geografía. No es lo mismo el reconocimiento social de un Gran Hombre melanesio, que la admiración que despierta un narco entre algunos jóvenes mexicanos o la visibilidad de la rica y anodina Paris Hilton. Precisamente, si ha habido un cambio importante en la fama ha sido este: que la fama se ha vuelto visibilidad. Hoy la visibilidad tiene mucha más importancia que en el pasado y ella ha dado pie a toda una industria que vive por y para ella.

    La industria de la fama es un negocio planetario que no por eso deja de tener sus sucursales nacionales bien diferenciadas. Las distinciones culturales -tan importantes para la sensibilidad antropológica- nos permiten distinguir, por ejemplo, la prensa del corazón española y francesa. Solo esas diferencias explican que en 2014, cuando aún era presidente de Francia, François Hollande haya podido salir en una portada del cuché galo por su relación con la actriz Julie Gayet. No hay un equivalente de eso en España. Claro que tampoco en Francia o España podemos hablar de una prensa del corazón que se haya mantenido idéntica a sí misma desde su creación después de la Segunda Guerra Mundial.

    Hoy todo ha cambiado. Con las imágenes propagadas por la televisión y, sobre todo, a través de Internet, una nueva cultura de la visibilidad ha desbordado aquella vieja parcela de famosos de trato más directo y amistoso que proporcionaba informaciones a la prensa social sin tantos titubeos ni precauciones. No obstante, y a pesar de la crisis del sector, este medio mantiene en pie su utilidad a la hora de forjar la fama de determinados personajes. Lo que ocurre es que, desde hace algunos años, esa función tiene que competir, en pie de desigualdad, con una gigantesca y compleja industria de la imagen audiovisual, que produce más visibilidad de la que tal vez pueda digerirse.

    Tanto por sus orígenes, enraizados en una antigua tradición mítico-religiosa, como por sus trasformaciones internas y su vigencia social, la fama ofrece un material de primera mano no solo para pensar en los cambios socioculturales que ya se han dado, sino también en los que se avecinan. Esa posibilidad no puede rechazarla la antropología, como tampoco puede despreciar la aparente banalidad de un fenómeno tan revelador.

Apariencias y verdades de la fama. A raíz de la próxima presentación del libro “Trágicas apariencias” de Javier Alonso Osborne.

    ¿Qué pueden tener en común un pirómano, un suicida y una actriz de la Comédie française? Lo que parece la típica pregunta que suele dar paso a un chiste sin demasiada gracia es, en cambio, una pregunta seria. Lo que tienen en común es una cierta dosis de fama. Eróstrato, en el siglo IV a.C, había incendiado el templo de Diana en Éfeso buscando ardientemente sobrevivir al olvido. A finales del siglo XVIII, el popular escritor alemán Johann W. Goethe escribió la crónica epistolar de los amores desventurados del joven Werther por la imposible Charlotte. El suicidio del héroe forjaba un símbolo del Romanticismo e inspiraba una oleada de muertes entre un buen número de lectores que, conmovidos a tal extremo por la famosa tragedia de aquel muchacho, habían decidido seguirlo en su camino de anima dolens hasta la muerte. Un siglo más tarde, una joven actriz parisina cosechaba un éxito internacional tan grande en los escenarios teatrales de medio mundo, que convertía sin querer su intimidad en motivo de interés para admiradores y periódicos. Había nacido una estrella, en el sentido más actual del término, y la célebre pluma de Émile Zola escribiría al respecto de ese nuevo fenómeno llamado Sarah Bernhardt.

    Muchos otros ejemplos demuestran lo mismo: que la fama no es un tema de hoy, sino un asunto que viene de muy lejos. Baste ahora, no obstante, con estos tres casos para corregir el tópico que todavía sostiene que cuando hablamos de popularidad, fama o celebridad, estamos hablando de cosas sin importancia. La fama es más de lo que vemos en la imagen de un famoso, de lo que leemos en un periodista del corazón o de lo que oímos en boca de un tertuliano televisivo. La fama es un fenómeno cultural y profundamente humano que despierta un vivo interés para las ciencias sociales y, en concreto, para la antropología, aunque en países como España -gran productor y consumidor de fama- haya paradójicamente un enorme retraso al respecto. Pero para tomarse la fama en serio debemos tener presente que no hay fama que no pase por una historia de la fama o por una referencia a contextos sociales y culturales concretos. Dicho de otra forma: no hay una sola fama, sino muchas, que han variado históricamente y que tienen características particulares, según hablemos de unas culturas u otras, o nos movamos de lo local a lo global. Sobre estos matices es que trabaja el antropólogo, como también el novelista, aunque a través de métodos diferentes.

    En occidente debemos distinguir la fama, de la popularidad, el carisma o la gloria. No cabe duda de que todos esos términos tienen una cierta relación recíproca, pero solo porque no llegan a igualarse completamente. Históricamente, en occidente la fama fue trabando vínculos con el mito, la gloria, el renombre, hasta llegar a esta visibilidad mediática en la que hoy estamos, cómoda o incómodamente, instalados. Ese tránsito, que tan sencillamente cabe enunciar en un par de líneas, es en cambio el resultado de un complejo proceso que incluye transformaciones sociales, políticas, económicas y culturales, que pueden llevarnos a comprender un poco mejor cómo hemos pasado de Eróstrato a la foto de Donald Trump con Kim Kardashian. La fama ha sido, en cierta medida, una constante cultural. La visibilidad mediática, en cambio, es hoy mucho más importante que ayer.

    El viernes 22 de Junio, a partir de las 19h30, se presentará en la Asociación de la Prensa de Madrid una novela de muy sugerente título –Trágicas apariencias– que promete recuperar, en parte, la centralidad sociocultural del tema de la fama. La autoría de la obra pertenece al Sr. Javier Alonso Osborne -exdirector de la revista Diez Minutos y Subdirector de Hola-. La ventaja del novelista -a diferencia del científico social- es que puede entremezclar libremente su imaginación con la reflexión de las experiencias vividas sin pasar por farragosas notas al pie ni extensas referencias bibliográficas. En él fluye sin interrupción la corriente que lo lleva de la imaginación a lo vivido y de la reflexión a lo imaginario. Visto con mirada antropológica, ahí se comprende que el escritor viva de los mitos -y hasta los produzca, a veces- y no deje de interesarse por fenómenos como la fama, pues ella también nació del viejo corazón de lo mitológico.

Breve apunte acerca del Romanticismo

Un día después del 14 de febrero de 2018

Tan carentes de interés me parecen los días inventados para el comercio con la tópica meliflua del amor, como las largas monsergas que repiten una y otra vez que el amor romántico solo es el resultado de un cúmulo de fórmulas míticas que consiguieron hacer que los hombres -cómo no- se aprovechasen de las mujeres. Es esta, a mi juicio, una forma penosa de anudar los contrarios bajo una síntesis vulgar de mercadeo y mala socioantropología. En esta actualidad acostumbrada a bordar con letras de oro el nombre de sus especialistas y a confundir los títulos formativos con el tener algo que decir, estos regateos del pensamiento son práctica común. Por desgracia, todos los intentos por superarlos, desarrollando una reflexión acerca de lo esencial que puede haber más allá de todo precio o de toda intersubjetividad parcial, suelen acabar en una mirada de recelo, en una acusación social y en una sentencia de muerte. Existen estas características procesuales en el tratamiento que se hace del amor romántico actualmente, pues hay algo en él que no se deja reducir ni al precio de un perfume, ni a las estructuras de la lucha de géneros que tan insistentemente repiten las modas intelectuales de las ciencias sociales y de la política. Ese algo indómito, renuente al cálculo y a la ideología es, precisamente, el amor y el Romanticismo, respectivamente.

Resultado de imagen de imagenes de obras del Romanticismo

Resulta, pues, un profundo malentendido de partida el hablar del amor romántico como si se tratara de una unidad de origen, sin darse cuenta de que esa idea del amor del que se habla fue ya el resultado tardío y domesticado del impulso original del movimiento romántico, ese impulso que aún hasta la fecha aparece como el más poderoso y genuino que ha dado la modernidad occidental intelectual y estética a la hora de trascender al gris sujeto de la razón instrumental y del cálculo. Es tan poco lo que nos hemos movido de esta situación que quienes, desde la moda del momento, critican el romanticismo amoroso, creyendo con ello situarse en la vanguardia de la igualdad, vuelven a alguna clase de instrumentalización. No en vano, los veremos defendiendo espacios habitados por cuerpos neutros y desarraigados para los que valen lo mismo los ensayos contrasexuales, que las orgías de pago en clubs libertinos o las propuestas de eso que ha venido a llamarse, con cursi pedantería, el poliamor. Todo da igual, siempre y cuando la igualdad tan deseada – que algunos llamarán libertad, en pleno ardor de la confusión- deje a los seres reducidos a su mínima expresión : a la proliferación encarnada de sus cruces anónimos, de sus flujos sin asidero y de sus profundas orfandades sentimentales. Es irónico que una época tan cerrada a los misterios -en la que todo quisiera aclararse, comunicarse, administrarse- sea la misma que habla tanto de relaciones abiertas. Pero por detrás de este nuevo conjuro contra la violencia de la desigualdad, lo que se anuncia es la violencia más atroz de la igualdad forzosa y los nuevos excesos carnívoros del jacobinismo totalitario de la moderna oclocracia. La violencia igualitaria nace siempre de impulsos urgentes, más que de espacios de reflexión desacelerada. El ataque al amor romántico, reducido a simple efecto mecánico del patriarcado, es un ejemplo más de esta forma urgente de desatino. Lo que nos urge es dejar de pensar con prisa y con modas. Lo que nos urge es pensar con tiempo y con matices. Lo que nos urge es no sacrificar constantemente a los ídolos de la muchedumbre todo aquello que no se deje reducir a la coacción y a la doma.

Quienes critican tanto el amor romántico debieran antes saber algo más acerca del amor, como huella de un enigma, y del proyecto romántico, como aceptación de un desafío. Tendrían que estar antes muy seguros de que nada que entrañe misterio merece la pena ni es esencial para la especie. Habrían de leer mucho más a Hölderlin -aunque noResultado de imagen de imagenes de empedokles de holderlin Resultado de imagen de imagenes de empedokles de holderlinsolo a él-, que también habló del abrazo a la especie en una criatura amiga y eligió el camino de la locura como la forma más cercana a la vida y al amor de los dioses. Y es que una de las cosas que se puede decir del Romanticismo, sin agotarlo en ella, por supuesto, no proviene de las relaciones desiguales entre hombres o mujeres o de una dominación simbólica de estas últimas, ni de nada por el estilo, sino del humano afán de tornarse sobrehumano para vivir y amar como los dioses. Abrazar la tragedia sin miedo, solo por cumplir con el ideal heroico de una vida entusiasmada, no es peccata minuta, ni puede ser resumido por críticos tibios y amedrentados. Por desgracia, esos son los que abundan entre quienes tanto critican el amor romántico, sin saber casi nada de lo que hablan ni del tema al que pretenden referirse. Lo único que observo en ellos es un miedo atroz al sufrimiento. Pero la búsqueda de igualdad o de placer basada en el miedo constante a los dolores de la vida, es solo la forma más cobarde de provocar un sufrimiento todavía mayor y de promover un camino despiadado hacia lo inhumano…

Podemos imaginarlo bien… (Breve apunte reflexivo sobre un pequeño cuento japonés)

En un pequeño cuento popular japonés1, según nos ha llegado a través de la memoria y la pluma del viajero británico Richard Gordon Smith, que hacia finales del siglo XIX se dedicó a recoger objetos y relatos orales en el país del sol naciente, se nos cuenta la historia de un pueblo y de un viejo sauce, cuya venerable edad le había permitido conocer a todos los hombres  de aquel lugar. Él  los había visto vivir y desaparecer a la sombra y cobijo de sus antiguas ramas. En una ocasión, el deseo de construir un río hizo que los lugareños pensasen en utilizar aquel árbol para obtener la madera necesaria, pero entonces un joven granjero llamado Heitaro se levantó y, recordándoles a todos la noble dignidad de aquel viejo y querido árbol, cuya vida estaba íntimamente unida a la vida de todos ellos, así como a la de sus antepasados, logró convencerles para que desistieran de la idea de cortarlo. Poco después, Heitaro encontraría en el sauce a una bella muchacha extranjera de la que se enamoró perdidamente. Se llamaba Higo. Heitaro y la bella Higo se unieron felizmente y de aquella alegre unión nació un hijo al que pusieron el nombre de Chiyodo. La familia se sentía colmada de bendiciones. Pero, “¿dónde se ha conocido en este mundo que una felicidad completa dure eternamente?”, se pregunta el relato con amargura, justo antes de contar lo que vino después.

Una orden del ex emperadResultado de imagen de imagenes de pinturas japonesasor Toba para construir un enorme templo en Kyoto a la Diosa de la Misericordia, obligó a recolectar mucha madera por toda la región. Había pasado el tiempo desde que Heitaro hubiera salvado al árbol de su destrucción, pero ahora la magnitud de la obra exigía utilizar el tronco de aquel portentoso ser vegetal. Heitaro nuevamente intentó convencer a sus vecinos, pero esta vez todo fue en vano. Higo, que hasta ese momento nunca había querido revelar a su esposo de dónde procedía, le confesó entonces que ella no era sino la encarnación del espíritu de aquel viejo sauce que, en agradecimiento por su buena acción, había tomado cuerpo en ella para ofrecerle todo su amor. Ahora, sin embargo, cada golpe de hacha en la materia del árbol debilitaba aún más su alma, encerrada en el cuerpo de Higo.  El destino del sauce debía unirse al suyo y ambos debían morir como lo que eran: una misma y única criatura. Hacia el final del relato, se nos cuenta cómo Heitaro llevó de madrugada a su hijo Chiyodo a ver el lugar del viejo sauce sacrificado, el mismo lugar donde había sido sacrificada su bella madre. Al encontrarse con el árbol derrumbado y con sus ramas podadas, el relato añade: “los sentimientos de Heitaro se pueden imaginar bien”…

Al releer este texto de un libro que hace, al menos, quince años que me acompaña, recibí el impacto fulgurante de algo que hasta entonces me había pasado desapercibido. Me sorprendió como nunca antes la respetuosa contención de aquella frase. Tanto, que la repetí en voz alta: “los sentimientos de Heitaro se pueden imaginar bien”. En aquella simple frase se encerraba toda la diferencia que separa dos formas radicalmente distintas de ver la vida y de presentar el mundo. Formas que nos hablan, sin duda, de culturas enfrentadas en grata o ingrata conversación. Justamente, en relación al ver, pensé, mientras que el Resultado de imagen de imagenes de pinturas japonesascuento japonés ahorraba los detalles más escabrosos -por evidentes- acerca de los sentimientos de Heitaro, para permitirnos así mirar en la dirección esencial de la historia, nosotros vivimos en un mundo donde la cada vez más irrespirable proliferación de imágenes no nos deja siquiera ver la perversidad de muchas de nuestras indiscreciones. Cegados por una necesidad compulsiva de imágenes sin imaginación, nosotros habríamos corrido a capturar no los instantes, sino las instantáneas del árbol moribundo, de la agonía de la muchacha, de los cuerpos destrozados, del llanto del pequeño huérfano. Nosotros habríamos hecho fotos, vídeos, editado el material con música, puesto a alguien reconocible a disecar el suceso, distribuido todo lo obtenido entre los ojos hambrientos de nuestro mundo a la deriva. Pronto, entre agonías, destrozos y llantos, habríamos ido olvidando que había habido un verdadero árbol, una mujer, un hombre, un niño y seríamos incapaces de relatar con sentido la trama completa de la historia. De alguna manera, la vida habría quedado sepultada por las imágenes de la vida, primero, y luego por las imágenes, sin más. Ciegos de tanto ver, pasaríamos desesperadamente a la siguiente dosis, hasta calmar la ansiedad y volver a empezar. Y, aunque alguna vez hubiésemos creído que con nuestras cámaras y la distribución de aquellas fotografías y vídeos estábamos atrapando el pulso más real de las cosas, lo único que hacíamos, sin querer tomar conciencia, era detener aquel pulso para siempre. Habría bastado, para impedirlo, con haber escuchado aquella frase – “los sentimientos de Heitaro se pueden imaginar bien”- y haber confiado en su sabiduría, que es la de nuestra imaginación sin imágenes.

La verdadera imaginación respeta el dolor del otro sin sentirlo como algo completamente ajeno, al mismo tiempo que nos mantiene en el corazón de los relatos. Imaginar es saber que, como decía el pequeño Príncipe imaginado un día por Antoine de Saint-Exupéry, lo esencial surge siempre de lo invisible. Añadamos que también aparece en lo que se dice silenciosamente, como todo lo que expresó Heitaro aquella dolorosa mañana, mientra tomaba a su pequeño hijo de la mano. Podemos imaginarlo bien…Resultado de imagen de imagenes cuentos e historias del antiguo japon richard gordon smith

1Richard Gordon Smith (1997). Cuentos e historias del antiguo Japón. M.E Editores (Colección Biblioteca Popular), Madrid.

 

Reflexiones sobre algunas noticias del #feminismo.net

#feminismo.net1

Cada día añado más datos a mis observaciones acerca de la aceleración del mundo y a la banalidad que suele ir asociada con ella. En este mundo digitalizado, cuyo insomnio se justifica por el deseo de una visión total y totalmente transparente de sí mismo, la farsa aparece como único destino. La aceleración con la que este mundo aborda sus temas imita aquella con la que produce y consume sus mercancías o con aquella otra con la que destruye sus márgenes. A su paso, no quedan más que las babas del odio, la banalidad y el estancamiento. En este mismo contexto sitúo el último caso del feminismo radical y digital que llega, como llegan las modas, con fuerza y aspiraciones a marcar tendencia o, incluso, a presentarse como el único referente de la defensa de los derechos de las mujeres en el mundo; esto es: a establecerse como hegemonía.

El primer aspecto que me sorprende de este movimiento es la común aceptación social que tiene de que los temas históricos -que, por supuesto, tienen consecuencias vitales muy vívidas y concretas sin dejar por ello de ser históricos- se resuelven a golpe de haschtags y de microdialécticas en redes sociales, sin reparar ya en que tras ello – la denominació misma de hashtag es un buen ejemplo- se agazapa toda una concepción tecnologizada del mundo con consecuencias no poco violentas sobre nuestras vidas. Toda la compleja relación sociocultural que se ha desarrollado entre hombres y mujeres a lo largo del tiempo y del espacio, y que ha dejado un buen conjunto de fantásticas obras dentro de la tradición feminista – desde la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft, hasta la Política sexual de Kate Millet, entre otras muchas- queda acallada en este nuevo marco y reducida a los escombros retóricos de #MeToo o a la algarabía ante los 280 caracteres de Twitter, como si en ellos se cifrase el más alto y elaborado disfrute de la libertad de expresión. Sigue leyendo