Sobre el espectáculo Night, la noche oscura del alma

La noche se abre, lentamente, como una flor y el teatro Galileo de Madrid se va llenando de niebla. En el aire deja su perfume el misterio de Satie escrito en sus notas mínimas. Con las Gnossiennes dos y tres queda resonando la misteriosa palabra, esa con la que el compositor francés cifró el enigma de la gnosis. Se anuncia con este preámbulo algo de lo que vendrá, algo de aquello a lo que vamos yendo desde el instante en el que aceptamos penetrar en la noche de Night. De pronto, en mi cabeza suena la advertencia de Dylan Thomas: “do not go gentle into that good night”. Pero ya es tarde cuando la noche se ha abierto y su flor rezuma el cálido aliento de la belleza proscrita.

Night + Mujeres malditasNight es un espectáculo ambicioso, arriesgado y complejo tanto en sus búsquedas espirituales como en los medios empleados para expresarlas. Combinando la danza, el juego lumínico y los lenguajes del teatro, la música y el vídeo, la obra no rechaza la inmersión en el dolor y en las zonas de penumbra de la existencia; lo cual, en nuestros días, es una bendición rotunda, por muy revestida de maldición que llegue a los carteles. No se puede negar que esta pieza realiza una rehabilitación estética del sufrimiento humano, algo que supone un acto de rebeldía más que necesario. Intentar acabar con toda referencia al sufrimiento, tal y como se nos impone en la actualidad, o hacer de él una secuencia mediática del olvido solo nos lleva a convertir el dolor, y hasta el gozo, en sinónimos perfectos del mal. Cuando el gozo queda reducido a un simple estado de gratificación biológico-capitalista o el dolor pierde el derecho legítimo de encarnar la protesta, entonces caemos en un malditismo muy distinto al que Night plantea: un malditismo de cara lavada y normalizado por la insignificancia del mal.

La noche de Night se enciende en un escenario prácticamente vacío en cuyo lateral derecho aparece un árbol deshojado. La aparición repentina y duradera de ese árbol raquítico refuerza un vago sentimiento de desolación. “El árbol de la vida ya no conocerá primavera” (Cioran). Sin embargo, a pesar del desierto que por momentos se abre en nuestro corazón y la poderosa agresión que canaliza la obra por medio de sus colores y gestos, hay una íntima esperanza que no nos abandonará nunca mientras la obra se despliegue y un ritual de vida en el que, desde el fondo de lo oscuro, se nos hará partícipes. Porque la noche oscura del alma es también la hora de la iluminación mística y el momento en el que el poeta, según el viejo consejo de Rilke, se hace la pregunta decisiva acerca de su destino de poeta.

Cuentan que la ciudad occidental nació de una danza llamada choros, en donde los bailarines marcaban el perímetro de un espacio en cuyo centro se encendería el fuego sagrado y maternal y en el que transcurriría la acción humana posterior. No es, pues, fortuito que sea en un espectáculo de danza que podamos evocar ese mitológico origen y ordenar el laberinto de la existencia. La ordenación estética que muestra Night hace referencia a una comunidad concreta, la de las mujeres, y a una experiencia femenina del daño y la libertad. Lo que me resulta más atractivo de una propuesta semejante no viene de esta temática sobre lo femenino -en un tiempo de feminismos desleídos que reducen lo indómito de una experiencia de vida histórica a la pobreza de una simple dogmática-, sino del sendero literario que elige para expresarla, dejando una huella que interpreta la situación de la mujer como el resultado de una aventura compleja irreductible a las directrices de esa hipócrita corrección política que asfixia cotidianamente nuestros días. Y es que las mujeres de Night no son simplemente mujeres, sino mujeres malditas, seres que, en un mundo cegado por el exceso de luminosidad, recogen el testigo de una luz interior, íntima, lunar, mucho más propicia para recuperar el contorno de las cosas singulares que respeta, al tiempo, la vida paralela de sus sombras. Dentro del repertorio simbólico con el que hemos construido nuestras significaciones, la luz -al menos en Occidente- puede ser también el germen de la tiranía. En este sentido, la mancha del malditismo, el canto nocturno que rehabilitó el Romanticismo y que se extendió en sus múltiples epígonos, puede ser un momento de rebeldía, liberación y claridad. Todo vuelve, pues, al juego de contrarios, a la dialéctica entre lo diurno y lo nocturno, a la intensa y polémica relación entre Helios y Selene. Todo vuelve, en resumidas cuentas, al baile de la existencia, a la danza eterna que cifra entre sol y luna, la coreografía de la vida y de la muerte.

Night es una obra que se construye enteramente entre los límites de esa tensión y lo hace recurriendo -como no puede ser de otra manera en el buen arte- a manantiales simbólicos y metafóricos que no nos dejan indiferentes. Sea para celebrar su propuesta o sea para apartarse de ella, nadie puede negar el poder de las escenas de Night. Construidas en forma de cuadros visualmente independientes, la obra sigue el hilo conductor de una noche de lecturas y sueños literarios. Una mujer recorre un poético itinerario elaborado con bellas palabras y referencias de la novela decimonónica y de la poesía simbolista. Precisamente, es un poema del gran maestro Baudelaire, que aparece recitado por una voz en off dentro de la obra, el que da una clave del espíritu de la misma: “je t’endormirai -escribe el poeta- dans un rêve sans fin”. El poema baudeleriano, uno de los prohibidos en la publicación de sus Fleurs du mal, recoge el testigo del lesbianismo, utilizado tantas veces como seña de malditismo y estigma social, y proporciona un emblema a la noche de Night, noche onírica que, de alguna forma, una vez gestada no acabará jamás.

En esa noche infinita del alma tiene mucho que ver la simbología de las fuerzas y las pasiones constantes que Night se encarga de representar por medio, entre otras cosas, de un empleo paradigmático de los colores. La obra vertebra sus significados utilizando una fuerte presencia del rojo, del negro y del blanco, en cuya tríada aparece contenida la poderosa semántica de la sangre, la noche y la pureza. Es en ese espacio simbólico y antropológico en el que cobra mayor intensidad la dramática referencia al principio femenino de la vida y en el que, bajo la inquietante luz del erotismo de Bataille, la sangre aparece como fuente de terror y de fascinación. Desde la primera escena, en la que un cuerpo de espaldas y de altura titánica ejecuta una rítmica danza embebido en un ceñido vestido rojo cuya larguísima cola se expande como un charco de sangre, hasta la impresionante escena del grito, Night no deja de extraer energía de esa fuerza originaria de lo elemental, de la matriz de truculencia y amor de la que nace todo lo que un símbolo puede contener en su núcleo. La descomunal fuerza de los símbolos y de las metáforas de la vida, entre las que Night encuentra lo mejor de su propia propuesta, surge de esa capacidad única de hacernos sentir y pensar simultáneamente lo extremo y lo radical.

Desde el punto de vista técnico, la creación de Cristiane Azem y Myriam Soler muestra todo un despliegue de imaginación estética en el que trajes, luces y colores dan forma a un ordenado dédalo de pasiones. La dirección adquiere en este punto una importancia crucial y hay que elogiar el enorme y arduo trabajo escénico realizado para lograr que veintidós personas sobre escena -como llega a haber en algunos momentos- consigan brillar y hacer brillar toda la obra. La combinación de bailarinas profesionales con otras semiprofesionales es un detalle más que añadir al admirado elogio de la dirección. Lo más conmovedor, en este sentido, es que cada una de las participantes de Night, con independencia de su carácter profesional o semiprofesional, logra hacer valer su irrepetible singularidad, al tiempo que la obra general no pierde ni un ápice de su sólido fundamento colectivo, con lo que Night consigue realizar artísticamente lo que políticamente no hemos sido capaces de construir hasta ahora, a saber: que un grupo humano se muestre sólido en lo común y fértil en lo singular. Un comentario específico merece la presencia de la música en el espectáculo, sin la cual, sin duda alguna, la obra perdería una parte esencial de su atractivo. A una cuidada selección musical se añade la increíble labor de composición y ejecución in situ que realiza el violinista de la obra (Héctor Varela), cuyo acompañamiento escénico y musical, pertrechado de su violín y su pedalera electrónica, resultan impecables.

Por último, quiero añadir que el linaje romántico de Night queda patente en el precepto poético que expresó genialmente el joven Novalis al decir -la paráfrasis es mía- que el ser romántico implicaba otorgar a lo ordinario la fuerza de lo extraordinario. Dicho de otra forma: ser un romántico -todavía hoy- implica dar a lo ordinario un brillo extraordinario. Por eso, toda obra de arte continúa -quizá, empieza – allí donde se escribió su final, ya que donde termina la vida de la obra comienza realmente la obra de la vida. El final convencional de una creación, así como su origen, no son más que dos momentos prescritos de una forma cuya fuerza, cuando es poderosa, prosigue en el tiempo posterior y se incorpora al caudal de lo vivo y de lo histórico. Ante una verdadera obra de arte -y Night lo es- ni el mundo ni nosotros volvemos a ser los mismos.

Ahí, en esa continuidad transcurre la noche y llega el día. Ahí, a pesar de lo dicho por Cioran, renace el árbol de la vida y brilla intensamente la bendición de los que fueron maldecidos injustamente. Ahí se hace fulgor y rayo la lucidez y regresa el gozo de saber algo saboreándolo con todos los sentidos. Night ofrece un testimonio maravilloso de este poder transformador del arte, un poder que reside en su capacidad para irradiar significado sin abandonar nunca los enigmas. Se cumple, entonces, la promesa del poeta: “je t’endormirai dans un rêve sans fin”, pues aquello que hace que vivamos en el desgarro del horror y la ternura, como en el misterio más propio de nuestro deseo de vivir, coincide con el sueño, que renace una y otra vez en nuestra noche más oscura, de alcanzar la alegría gratuita de un día de belleza, serenidad y amor sin fin…

29 de Abril de 2018, frente al mar de Playa Canela (Huelva),

junto a mi madre, mi hermana y mi sobrina Alejandra,

tres días después de haber visto la obra Night.

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