Devenires.Antropología para el nuevo mundo. Programa 2: tiempo y devenir

Dévenir: une anthropologie pour le nouveau monde

Aujourd’hui j’ai commencé une nouvelle aventure – Devenires: una antropología para el nuevo mundo (Dévenir: une anthropologie pour le nouveau monde)- à la radio mexicaine Radio Nicolaita. Chaque deux semaines je ferai une collaboration sous la forme d’une brève réflexion à propos de différents aspects lesquels, à mon regard, peuvent nois aider à interpreter le monde où nous vivons aussi bien que celui qui s’esquisse peu à peu à l’horizon.

En partant de la méthode chère à l’ethnographe attentif, dont le journal de terrain est tôt rempli avec des références variées, il m’intéresse d’aborder une panoplie de sujets et domaines à partir de cette hétérogéneité de sources. Sigue leyendo

“Devenires: antropología para el nuevo mundo”

Hoy he comenzado una nueva andadura en el espacio “Devenires: antropología para el nuevo mundo”, de la radio mexicana Radio Nicolaita. Cada dos semanas estaré colaborando con una pequeña reflexión acerca de diversos aspectos que, a mi entender, ofrecen pistas para interpretar el mundo en que vivimos y aquel que se esboza en el horizonte de nuestras sociedades.

Partiendo del método propio del etnógrafo atento, cuyo diario de campo se llena pronto con referencias variadas, me interesa abordar distintas temáticas y ámbitos a partir de esa heterogeneidad de materiales. Sigue leyendo

La educación perdida

La dimisión de la Ministra de Sanidad del gobierno socialista tras descubrirse que había plagiado en su Trabajo de Fin de Máster aporta un episodio más a las amistades peligrosas de la Universidad y la política y abre un nuevo espacio para el efímero griterío de la actualidad y para el rápido olvido de las razones que teníamos para gritar. La historia en cuestión no es reciente, ni local. Se pueden recordar, a tales efectos, aquellos párrafos ajenos que el ex ministro Federico Trillo se apropió para la elaboración de su trabajo doctoral, hace ya bastantes años, o la dimisión en 2011 del Ministro de Defensa alemán por haber hecho lo propio en su monografía de investigación académica. No obstante, apoyándose en la amnesia, ahora se difunden estos casos como materia de una gravedad insólita que compromete los fundamentos de una educación supuestamente democrática. Lo que comenzó hace meses con el máster fraudulento de la entonces Presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, y se vio sucedido por las acusaciones -aún no resueltas- sobre el respectivo Máster del actual dirigente del PP, Pablo Casado, prosigue ahora con el plagio de la ex ministra socialista y con la baja calidad del doctorado del Presidente en funciones, Pedro Sánchez, en la Universidad Camilo José Cela. ¿Hasta dónde llegará todo este revuelo y el afán de dejar a todo culpable con las vergüenzas al aire? Pues hasta que la siguiente remesa de productos informativos cree una nueva cortina de humo que entretenga a la audiencia, asegure la publicidad y agrave la desmemoria. Ahora bien, sobre los temas esenciales -esas razones más radicales que puedan disolver los gritos y fortalecer las críticas certeras- que subyacen a estos y otros asuntos, solo se arroja la cal viva del silencio.

El sensacionalismo es una plaga de lo intrascendente y del nuevo tratamiento informativo que hace imposible una discusión pública acerca de la enfermedad que se oculta bajo los síntomas de nuestra degradación social. Al interesarse exclusivamente por los actores de los escándalos, todo queda resumido en un proceso de selección, acusación y sacrificio de los mismos, que deja de lado las razones sociales, políticas e históricas que son las que realmente pueden informarnos sobre las características de una época con mayor profundidad. El caso reciente de la ex ministra, como todos los escándalos análogos habidos y por haber, solo resultan ilustrativos si realmente nos hacen reparar en las normas que estructuran las sociedades neoliberales globales y que han convertido el saber en una dimensión más de la búsqueda de visibilidad -fama- y éxito; es decir, en una carrera por la obtención de credenciales y documentos que certifiquen, como sea, que un individuo sigue vivo en el mercado y que aspira únicamente a la victoria.

Las dimensiones políticas de la universidad y de toda la institución pedagógica no pueden sorprender a quienes hayan formado parte alguna vez, como estudiantes o profesores, de la entraña educativa de un país. Un Rector, un Vicerrector o un Director de colegio o instituto constituyen cargos políticos que se alejan significativamente de las labores docentes. Sin embargo, una cosa es reconocer esa dimensión política inherente a puestos de representación educativa particulares, y otra muy distinta que se normalicen las corruptelas que complican hoy más que ayer la imagen de la universidad pública y su connivencia con el poder económico y político. Ahora bien, las causas no hay que buscarlas en los ejemplos ad hoc que pueden reproducirse indefinidamente, sino en el progresivo desmantelamiento de toda la estructura educativa pública de los países entregados a la anarquía del nuevo capitalismo.

La discusión que deberíamos mantener a raíz de estos ejemplos tendría que orientarse hacia una reflexión acerca de la función real de la educación en un contexto sociopolítico dirigido por las ideologías del mercado, el consumismo, la imagen y la visibilidad en todas sus variantes de popularidad y fama. En este sentido, nada indica que la educación, en general, y la universitaria, en particular, puedan mantener aún hoy de manera convincente el ideal de una formación crítica de los seres sociales. En su lugar, lo que se impone es una industria sectorial especializada en la fabricación de rentabilidades académicas, de titulados cada vez más especializados y de seres humanos cada vez más incultos y deprimidos. El asedio continuo de las Humanidades, el ataque frontal a la Filosofía, los recortes en la investigación no aplicada o la desatención a algunas Ciencias Sociales como la Antropología, son solo algunos de los grandes delatores de este cambio de rumbo en materia educativa, el cual lleva gestándose varios decenios, pero cuyo recrudecimiento en nuestras latitudes puede situarse a partir del Plan Bolonia, en 1999.

El espacio europeo universitario planteado por dicho acuerdo para el año 2010 no supuso nunca -como algunos aún pretenden defender hoy día, con una mezcla de ingenuidad y maldad- la habilitación de un lugar de intercambio intelectual y de camaradería académica; muy al contrario, lo que hacía era acotar el territorio de la educación superior bajo las normativas rectoras y transversales de todo el sistema social, bajo imperativos económicos de competitividad extrema y máxima rentabilidad. Había que disciplinar la Universidad, desmantelando todo su potencial de crítica y resistencia, y someterla a los mismos mecanismos que modelan los demás dominios de la vida social economizada. Para ello, se profundizó en el proceso, que señalé anteriormente, de selección, acusación y sacrificio, que, en el caso universitario, tomó la forma de los planes de viabilidad que han buscado destruir o contribuir a la agonía de algunos estudios y Facultades especialmente incómodas. Dichos planes han sido la traducción de ese proceso al idioma de la más artera racionalidad administrativa e instrumental. Se seleccionaron los estudios con matrículas más bajas y cuyos itinerarios iban a contracorriente del utilitarismo social imperante, se acusaron de falta de demanda en el mercado y se les obligó a adaptarse o a morir en un sacrificio suicida y banal. El único criterio que ha imperado en todo este macabro transcurso ha sido el económico.

La venta paulatina de la institución universitaria a los intereses ajenos a los del saber, así como su progresiva dependencia de fondos públicos que han ido viendo en la educación y la cultura sendas oportunidades de proyección individual y de negocio, hacen que los casos de corrupción, vistos como puntuales, corran el riesgo de reproducirse cada vez con mayor frecuencia. Por otra parte, hay que reconocer que un sistema educativo herido fatalmente por la coacción de la rentabilidad y absorbido por la participación acrítica en las nuevas tecnología de la comunicación y la información, apenas puede oponer resistencia a las tendencias sociales que forman previamente las expectativas y la personalidad de la mayoría del nuevo estudiantado, el cual llega a los establecimientos educativos con una sobrecarga de información, conectividad y atrofia.

Se equivocan, pues, quienes no ven -o no quieren ver- en estos ejemplos actuales de picaresca académica una relación con el estado degradado de las democracias neoliberales. Son estas las que, estructuralmente, alimentan una lucha a muerte por la vida y contra el tiempo -tener hoy 45 años años y no tener trabajo puede suponer una carta de recomendación para la muerte- y las que enseñan, a través de su dogmática ultraliberal, a ser capaces de hacer lo que sea menester para lograr sobrevivir y vencer en un mundo donde el capitalismo se ha maquillado con las formas cínicas de una estética aligerada – como sostiene Gilles Lipovetsky en sus útlimas obras- para pasar de matute las acciones de su férreo y despiadado corazón. La universidad, lejos de ser una excepción, reproduce a su escala este nuevo circo de gladiadores, en el que el concepto de libertad, visto desde el único camino de la libertad de mercado y confundido con la plena liberalización, solo sirve de aderezo demagógico para el nuevo darwinismo social y para el espectáculo de sus nuevas masacres sobre la arena.

La complicidad política en todo esto es muy grave, dado que compromete la dignidad de la representación democrática, ensuciando la ejemplaridad de sus actores principales, pero la colaboración educativa resulta trágica, ya que anula la esperanza depositada en la consolidación de un espacio de plenitud vital, gobernado por el rigor de las ideas, las discusiones libres y los argumentos meditados, regalándolo, como contrapartida,  al más servil utilitarismo. Mientras no se habiliten verdaderos espacios públicos de discusión rigurosa de estos y otros temas de enorme relevancia, desde el cruce de una pluralidad de interpretaciones diversas y de forma ajena a las tentaciones de rápida rentabilidad que trae consigo el sensacionalismo y el oportunismo informativo de los medios, nuestra enfermedad social no hará más que agudizarse. Tal vez estemos asistiendo ya a la fase crónica de esa enfermedad y, con ello, a la crónica de un desastre anunciado.

No se trata, pues, de plagios, másteres regalados o débiles tribunales de tesis, sino de la espeluznante perversidad de todo un modelo de vida que pretende justificar su atentado contra la mejor vida posible. Summum crede nefas animam praeferre pudori et propter vitam vivendi perdere causas, dejó escrito el escritor latino Juvenal, ante la degradación moral de la Roma de su tiempo, y nunca tuvieron estas palabras tanta vigencia, salvo en la época que las vio nacer, como la tienen ahora, pues optar por la vida, a cualquier precio, frente a la decencia, solo hace que la vida pierda las causas por las que vale la pena vivirla. Si la educación deja de ser la indagación humana en busca de esas razones, ya pueden empezar a titular a quien le de la gana con toneladas de papel higiénico…

Sobre el espectáculo Night, la noche oscura del alma

La noche se abre, lentamente, como una flor y el teatro Galileo de Madrid se va llenando de niebla. En el aire deja su perfume el misterio de Satie escrito en sus notas mínimas. Con las Gnossiennes dos y tres queda resonando la misteriosa palabra, esa con la que el compositor francés cifró el enigma de la gnosis. Se anuncia con este preámbulo algo de lo que vendrá, algo de aquello a lo que vamos yendo desde el instante en el que aceptamos penetrar en la noche de Night. De pronto, en mi cabeza suena la advertencia de Dylan Thomas: “do not go gentle into that good night”. Pero ya es tarde cuando la noche se ha abierto y su flor rezuma el cálido aliento de la belleza proscrita.

Night + Mujeres malditasNight es un espectáculo ambicioso, arriesgado y complejo tanto en sus búsquedas espirituales como en los medios empleados para expresarlas. Combinando la danza, el juego lumínico y los lenguajes del teatro, la música y el vídeo, la obra no rechaza la inmersión en el dolor y en las zonas de penumbra de la existencia; lo cual, en nuestros días, es una bendición rotunda, por muy revestida de maldición que llegue a los carteles. No se puede negar que esta pieza realiza una rehabilitación estética del sufrimiento humano, algo que supone un acto de rebeldía más que necesario. Intentar acabar con toda referencia al sufrimiento, tal y como se nos impone en la actualidad, o hacer de él una secuencia mediática del olvido solo nos lleva a convertir el dolor, y hasta el gozo, en sinónimos perfectos del mal. Cuando el gozo queda reducido a un simple estado de gratificación biológico-capitalista o el dolor pierde el derecho legítimo de encarnar la protesta, entonces caemos en un malditismo muy distinto al que Night plantea: un malditismo de cara lavada y normalizado por la insignificancia del mal.

La noche de Night se enciende en un escenario prácticamente vacío en cuyo lateral derecho aparece un árbol deshojado. La aparición repentina y duradera de ese árbol raquítico refuerza un vago sentimiento de desolación. “El árbol de la vida ya no conocerá primavera” (Cioran). Sin embargo, a pesar del desierto que por momentos se abre en nuestro corazón y la poderosa agresión que canaliza la obra por medio de sus colores y gestos, hay una íntima esperanza que no nos abandonará nunca mientras la obra se despliegue y un ritual de vida en el que, desde el fondo de lo oscuro, se nos hará partícipes. Porque la noche oscura del alma es también la hora de la iluminación mística y el momento en el que el poeta, según el viejo consejo de Rilke, se hace la pregunta decisiva acerca de su destino de poeta.

Cuentan que la ciudad occidental nació de una danza llamada choros, en donde los bailarines marcaban el perímetro de un espacio en cuyo centro se encendería el fuego sagrado y maternal y en el que transcurriría la acción humana posterior. No es, pues, fortuito que sea en un espectáculo de danza que podamos evocar ese mitológico origen y ordenar el laberinto de la existencia. La ordenación estética que muestra Night hace referencia a una comunidad concreta, la de las mujeres, y a una experiencia femenina del daño y la libertad. Lo que me resulta más atractivo de una propuesta semejante no viene de esta temática sobre lo femenino -en un tiempo de feminismos desleídos que reducen lo indómito de una experiencia de vida histórica a la pobreza de una simple dogmática-, sino del sendero literario que elige para expresarla, dejando una huella que interpreta la situación de la mujer como el resultado de una aventura compleja irreductible a las directrices de esa hipócrita corrección política que asfixia cotidianamente nuestros días. Y es que las mujeres de Night no son simplemente mujeres, sino mujeres malditas, seres que, en un mundo cegado por el exceso de luminosidad, recogen el testigo de una luz interior, íntima, lunar, mucho más propicia para recuperar el contorno de las cosas singulares que respeta, al tiempo, la vida paralela de sus sombras. Dentro del repertorio simbólico con el que hemos construido nuestras significaciones, la luz -al menos en Occidente- puede ser también el germen de la tiranía. En este sentido, la mancha del malditismo, el canto nocturno que rehabilitó el Romanticismo y que se extendió en sus múltiples epígonos, puede ser un momento de rebeldía, liberación y claridad. Todo vuelve, pues, al juego de contrarios, a la dialéctica entre lo diurno y lo nocturno, a la intensa y polémica relación entre Helios y Selene. Todo vuelve, en resumidas cuentas, al baile de la existencia, a la danza eterna que cifra entre sol y luna, la coreografía de la vida y de la muerte.

Night es una obra que se construye enteramente entre los límites de esa tensión y lo hace recurriendo -como no puede ser de otra manera en el buen arte- a manantiales simbólicos y metafóricos que no nos dejan indiferentes. Sea para celebrar su propuesta o sea para apartarse de ella, nadie puede negar el poder de las escenas de Night. Construidas en forma de cuadros visualmente independientes, la obra sigue el hilo conductor de una noche de lecturas y sueños literarios. Una mujer recorre un poético itinerario elaborado con bellas palabras y referencias de la novela decimonónica y de la poesía simbolista. Precisamente, es un poema del gran maestro Baudelaire, que aparece recitado por una voz en off dentro de la obra, el que da una clave del espíritu de la misma: “je t’endormirai -escribe el poeta- dans un rêve sans fin”. El poema baudeleriano, uno de los prohibidos en la publicación de sus Fleurs du mal, recoge el testigo del lesbianismo, utilizado tantas veces como seña de malditismo y estigma social, y proporciona un emblema a la noche de Night, noche onírica que, de alguna forma, una vez gestada no acabará jamás.

En esa noche infinita del alma tiene mucho que ver la simbología de las fuerzas y las pasiones constantes que Night se encarga de representar por medio, entre otras cosas, de un empleo paradigmático de los colores. La obra vertebra sus significados utilizando una fuerte presencia del rojo, del negro y del blanco, en cuya tríada aparece contenida la poderosa semántica de la sangre, la noche y la pureza. Es en ese espacio simbólico y antropológico en el que cobra mayor intensidad la dramática referencia al principio femenino de la vida y en el que, bajo la inquietante luz del erotismo de Bataille, la sangre aparece como fuente de terror y de fascinación. Desde la primera escena, en la que un cuerpo de espaldas y de altura titánica ejecuta una rítmica danza embebido en un ceñido vestido rojo cuya larguísima cola se expande como un charco de sangre, hasta la impresionante escena del grito, Night no deja de extraer energía de esa fuerza originaria de lo elemental, de la matriz de truculencia y amor de la que nace todo lo que un símbolo puede contener en su núcleo. La descomunal fuerza de los símbolos y de las metáforas de la vida, entre las que Night encuentra lo mejor de su propia propuesta, surge de esa capacidad única de hacernos sentir y pensar simultáneamente lo extremo y lo radical.

Desde el punto de vista técnico, la creación de Cristiane Azem y Myriam Soler muestra todo un despliegue de imaginación estética en el que trajes, luces y colores dan forma a un ordenado dédalo de pasiones. La dirección adquiere en este punto una importancia crucial y hay que elogiar el enorme y arduo trabajo escénico realizado para lograr que veintidós personas sobre escena -como llega a haber en algunos momentos- consigan brillar y hacer brillar toda la obra. La combinación de bailarinas profesionales con otras semiprofesionales es un detalle más que añadir al admirado elogio de la dirección. Lo más conmovedor, en este sentido, es que cada una de las participantes de Night, con independencia de su carácter profesional o semiprofesional, logra hacer valer su irrepetible singularidad, al tiempo que la obra general no pierde ni un ápice de su sólido fundamento colectivo, con lo que Night consigue realizar artísticamente lo que políticamente no hemos sido capaces de construir hasta ahora, a saber: que un grupo humano se muestre sólido en lo común y fértil en lo singular. Un comentario específico merece la presencia de la música en el espectáculo, sin la cual, sin duda alguna, la obra perdería una parte esencial de su atractivo. A una cuidada selección musical se añade la increíble labor de composición y ejecución in situ que realiza el violinista de la obra (Héctor Varela), cuyo acompañamiento escénico y musical, pertrechado de su violín y su pedalera electrónica, resultan impecables.

Por último, quiero añadir que el linaje romántico de Night queda patente en el precepto poético que expresó genialmente el joven Novalis al decir -la paráfrasis es mía- que el ser romántico implicaba otorgar a lo ordinario la fuerza de lo extraordinario. Dicho de otra forma: ser un romántico -todavía hoy- implica dar a lo ordinario un brillo extraordinario. Por eso, toda obra de arte continúa -quizá, empieza – allí donde se escribió su final, ya que donde termina la vida de la obra comienza realmente la obra de la vida. El final convencional de una creación, así como su origen, no son más que dos momentos prescritos de una forma cuya fuerza, cuando es poderosa, prosigue en el tiempo posterior y se incorpora al caudal de lo vivo y de lo histórico. Ante una verdadera obra de arte -y Night lo es- ni el mundo ni nosotros volvemos a ser los mismos.

Ahí, en esa continuidad transcurre la noche y llega el día. Ahí, a pesar de lo dicho por Cioran, renace el árbol de la vida y brilla intensamente la bendición de los que fueron maldecidos injustamente. Ahí se hace fulgor y rayo la lucidez y regresa el gozo de saber algo saboreándolo con todos los sentidos. Night ofrece un testimonio maravilloso de este poder transformador del arte, un poder que reside en su capacidad para irradiar significado sin abandonar nunca los enigmas. Se cumple, entonces, la promesa del poeta: “je t’endormirai dans un rêve sans fin”, pues aquello que hace que vivamos en el desgarro del horror y la ternura, como en el misterio más propio de nuestro deseo de vivir, coincide con el sueño, que renace una y otra vez en nuestra noche más oscura, de alcanzar la alegría gratuita de un día de belleza, serenidad y amor sin fin…

29 de Abril de 2018, frente al mar de Playa Canela (Huelva),

junto a mi madre, mi hermana y mi sobrina Alejandra,

tres días después de haber visto la obra Night.

Breve apunte acerca del Romanticismo

Un día después del 14 de febrero de 2018

Tan carentes de interés me parecen los días inventados para el comercio con la tópica meliflua del amor, como las largas monsergas que repiten una y otra vez que el amor romántico solo es el resultado de un cúmulo de fórmulas míticas que consiguieron hacer que los hombres -cómo no- se aprovechasen de las mujeres. Es esta, a mi juicio, una forma penosa de anudar los contrarios bajo una síntesis vulgar de mercadeo y mala socioantropología. En esta actualidad acostumbrada a bordar con letras de oro el nombre de sus especialistas y a confundir los títulos formativos con el tener algo que decir, estos regateos del pensamiento son práctica común. Por desgracia, todos los intentos por superarlos, desarrollando una reflexión acerca de lo esencial que puede haber más allá de todo precio o de toda intersubjetividad parcial, suelen acabar en una mirada de recelo, en una acusación social y en una sentencia de muerte. Existen estas características procesuales en el tratamiento que se hace del amor romántico actualmente, pues hay algo en él que no se deja reducir ni al precio de un perfume, ni a las estructuras de la lucha de géneros que tan insistentemente repiten las modas intelectuales de las ciencias sociales y de la política. Ese algo indómito, renuente al cálculo y a la ideología es, precisamente, el amor y el Romanticismo, respectivamente.

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Resulta, pues, un profundo malentendido de partida el hablar del amor romántico como si se tratara de una unidad de origen, sin darse cuenta de que esa idea del amor del que se habla fue ya el resultado tardío y domesticado del impulso original del movimiento romántico, ese impulso que aún hasta la fecha aparece como el más poderoso y genuino que ha dado la modernidad occidental intelectual y estética a la hora de trascender al gris sujeto de la razón instrumental y del cálculo. Es tan poco lo que nos hemos movido de esta situación que quienes, desde la moda del momento, critican el romanticismo amoroso, creyendo con ello situarse en la vanguardia de la igualdad, vuelven a alguna clase de instrumentalización. No en vano, los veremos defendiendo espacios habitados por cuerpos neutros y desarraigados para los que valen lo mismo los ensayos contrasexuales, que las orgías de pago en clubs libertinos o las propuestas de eso que ha venido a llamarse, con cursi pedantería, el poliamor. Todo da igual, siempre y cuando la igualdad tan deseada – que algunos llamarán libertad, en pleno ardor de la confusión- deje a los seres reducidos a su mínima expresión : a la proliferación encarnada de sus cruces anónimos, de sus flujos sin asidero y de sus profundas orfandades sentimentales. Es irónico que una época tan cerrada a los misterios -en la que todo quisiera aclararse, comunicarse, administrarse- sea la misma que habla tanto de relaciones abiertas. Pero por detrás de este nuevo conjuro contra la violencia de la desigualdad, lo que se anuncia es la violencia más atroz de la igualdad forzosa y los nuevos excesos carnívoros del jacobinismo totalitario de la moderna oclocracia. La violencia igualitaria nace siempre de impulsos urgentes, más que de espacios de reflexión desacelerada. El ataque al amor romántico, reducido a simple efecto mecánico del patriarcado, es un ejemplo más de esta forma urgente de desatino. Lo que nos urge es dejar de pensar con prisa y con modas. Lo que nos urge es pensar con tiempo y con matices. Lo que nos urge es no sacrificar constantemente a los ídolos de la muchedumbre todo aquello que no se deje reducir a la coacción y a la doma.

Quienes critican tanto el amor romántico debieran antes saber algo más acerca del amor, como huella de un enigma, y del proyecto romántico, como aceptación de un desafío. Tendrían que estar antes muy seguros de que nada que entrañe misterio merece la pena ni es esencial para la especie. Habrían de leer mucho más a Hölderlin -aunque noResultado de imagen de imagenes de empedokles de holderlin Resultado de imagen de imagenes de empedokles de holderlinsolo a él-, que también habló del abrazo a la especie en una criatura amiga y eligió el camino de la locura como la forma más cercana a la vida y al amor de los dioses. Y es que una de las cosas que se puede decir del Romanticismo, sin agotarlo en ella, por supuesto, no proviene de las relaciones desiguales entre hombres o mujeres o de una dominación simbólica de estas últimas, ni de nada por el estilo, sino del humano afán de tornarse sobrehumano para vivir y amar como los dioses. Abrazar la tragedia sin miedo, solo por cumplir con el ideal heroico de una vida entusiasmada, no es peccata minuta, ni puede ser resumido por críticos tibios y amedrentados. Por desgracia, esos son los que abundan entre quienes tanto critican el amor romántico, sin saber casi nada de lo que hablan ni del tema al que pretenden referirse. Lo único que observo en ellos es un miedo atroz al sufrimiento. Pero la búsqueda de igualdad o de placer basada en el miedo constante a los dolores de la vida, es solo la forma más cobarde de provocar un sufrimiento todavía mayor y de promover un camino despiadado hacia lo inhumano…