Furioso ardor y silenciosa huida

Furioso aFuego, Llama, Carbono, Quemar, Calienterdor, violento y fugitivo,

sueño de temblor despierto al nombrarte,

te amo, me humillo, caigo altivo,

te venzo a veces sin poder ganarte.

Vigilas tu prisión, estoy cautivo,

para huir, imagino la forma de olvidarte.

Vivir quiero y ando muerto estando vivo,

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así me tienes tú, en la innoble trampa de tu arte.

¿A dónde has ido? ¿Hacia cuál de tus tres lunas?

¿Eras Artemisa, Selene o Hécate Trivia eres?

Como ella, ¿de umbral enfermo y sauce te construyes?

di: ¿por qué hieres sin razón alguna?

¿encuentras así tu razón de ser mientras fluyes

por el río sombrío de los seres?…

 

 

Los secretos de la ninfa

desearte amor y enfrentar tu altura con
cursis angustias!
Alejandra Pizarnik

 

Diana, allí donde estés, ¿sientes mi sufrimiento?

¿Sientes la intensidad del terremoto?

¿Sientes tu maremoto en mi corriente?

¿Me ves despertando, sin dormir,

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Diana cazadora, en silencio, recogiendo flores, mientras da la espalda.

solo, arrastrándome para escribir

un verso que te allegue, un golpe que despegue

directo al corazón del universo?

“No sabrás vivir”, insiste en decir la mañana.

Es doloroso. ¿Lo sabes? ¿Te enteras, Diana?

Dormir para ascender, despertar para caer

en la cuenta de tu nueva desaparición,

entregarme a una nueva destrucción

y beberme el oleaje que me rompe contra ti

¿Lo puedes presentir y no quieres socorrerme?

¿Estarás quizá entre gente más corriente?

Yo, en cambio, en mi barco ebrio, pendiente

de su carne rota. Esa es la canción, Diana,

y tú el oleaje que se ensaña contra mí.

Te canto para vencerte

y, otra vez, tu silencio me derrota…

 

 

Interrogación a tu infinito

No hay despertar que logre consolarme

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Desesper-Arte o arte de la anulación de la esperanza en la realidad para que florezca la esperanza de una vida verdadera. Somos el enigma de lo que escribimos. La vida humana, cuando es vida, es literatura. Quien no esté a la altura de este aserto, nunca será Poeta.

de esta multitud de horas tan vacía

la noche se alarga alargando el día,

oscuro de ti, vuelvo a buscarme.

Me encuentro en mí sin ti, sin encontrarme,

Le Désespéré

Hombre desesperado. Autorretrato de Courbet, 1841.

por nombrarte profano mi alegría,

trato ardiendo en vida de conformarme

con tu sombra, que ensombrece la mía

¿Fuiste sueño, realidad, maleficio?

fuiste instante preciso, pero no suficiente.

Fuiste llama, tacto, impacto, orificio

de este infierno que inflama lo pendiente.

¿Fuiste nada?¿Apenas precipicio?

Fui el violento naufragio de serte indiferente…

 

Fiebre

Febril en la noche me abro y me despojo

de toda precaución de retenerme,Resultado de imagen de fotos de oleaje y poetas

como el mar insomne abro mis cerrojos

y el oleaje no logra contenerme.

Me hiero a ratos solo por saberme

de amor herido por ti y aún a ti te escojo,

en esta tempestuosa manera de perderme

que eres mi bien y mi mal, mi propio trampantojo.

Tú me dominas siendo mi tortura,

me besaste y poco después te fuiste.

Tu silencio ahora es mi desengaño,

me pierdo en esta falta de mesura

y ardiendo en esa hoguera que encendiste,

te amo y te odio y te dejo hacerme daño…

Abismo y resurrección

Estaba entonces entre mi pueblo
y con él compartía su desgracia
Ana Ajmátova

 

No te conocí. Nunca

fue el adverbio que mantuvo hasta ahora nuestra lejana correspondencia.

Nunca hubo entre nosotros clases de filosofía, ni sueño en un tren a Carapachay,

ni el titubeante ardor de la espera de que un día, de pronto, te dejases besar.

No hubo nunca nada de eso, ni tampoco aquella noche definitiva en la que,

sin querer arriesgar la duda y creyendo, siempre equivocadamente,

que el tiempo dura mas que el fulgor, me despedí de ti y no te vi más.

Nada de eso hubo ni habrá jamás entre nosotros

y, sin embargo, al descubrir de pronto tu foto,

gracias a las palabras de un hermano que sí te tuvo en su zozobra,

que sí apoyó sobre tu hombro su cabeza con sueño

y confió humanamente en la duración del tiempo,

gracias a él que me habló de ti y te habló a ti frente a mí

con palabras y lágrimas monumentales,

resulta que ahora te escribo y me atrevo a rozarte tiernamente con mi dedo,

tocando tu foto en el infame plasma de una pantalla estéril,

que aún así atraviesas con tu irradiación de epifanía

y la facilidad con que la belleza perfora los velos que esconden la vida,

tras el engaño de la realidad.

Ahí, de pronto apareciste,

como un acontecimiento,

y yo contemplé, horrorizado, la magnitud del daño,

el que hayan arrebatado, cobardemente, esa luz aguerrida y desamparada de tus ojos,

el que te hayan aniquilado en lo innombrable del ultraje,

esa mirada de río oculto en el boscaje, tu cabello de ánfora y esa fuerza indomable de Antíope peleando hasta su muerte.

Nunca puede haber culpa en quien se entrega a un ideal con esa pureza de niña,

pues hasta las manchas del capricho quedan entonces lavadas por la revolución de la inocencia.

Nunca podrá haber perdón para quien destruyó tu rostro con tan solo veintisiete años.

Y yo, que nunca lo tuve entre mis manos como ahora tengo tu pálida imagen

al alcance de mi vital roce, casi medio siglo después de que te hayan asesinado,

me deshago en lágrimas y te doy las gracias por haber sido el hombro para mi hermano

en aquel tren lejano y soñoliento, el vértigo de su tiempo y una de las sombras que también a mí

me acompañarán por siempre desde ahora, dulce y rebelde Laura Susana Di Doménico,

cuyo nombre también ahora pronuncio, lentamente y con cuidado,

para que nunca se le olvide a quien me escuche

y, con él, tu inmortal y melancólica belleza,

porque ya sabemos que no hay mayor distancia que este ahora…

Quizá, nada…

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Des-ierto. Des-hojar. Amar o des-amar

 

 

 

 

 

 

 

 

Estar sin vivir, como estando muerto,

deambular entre frías llamaradas.

El sol hace de ti solo desierto,

resplandor sin fe y arena calcinada

Solo este ardor sin fin tienes por cierto,

este morir entre primaveras devastadas

sin mar con que soñar, ni amor, ni puerto.

Nada que no engulla esta inmensa nada.

¿Habrá un oasis aún de alegrías

que espere con paciencia en el camino

al agónico ser que lo descubra?

¿O será la borracha fantasía

de un delirio final cuyo destino

sea beber con furia esa nada que lo cubra?…

 

 

 

La educación perdida

La dimisión de la Ministra de Sanidad del gobierno socialista tras descubrirse que había plagiado en su Trabajo de Fin de Máster aporta un episodio más a las amistades peligrosas de la Universidad y la política y abre un nuevo espacio para el efímero griterío de la actualidad y para el rápido olvido de las razones que teníamos para gritar. La historia en cuestión no es reciente, ni local. Se pueden recordar, a tales efectos, aquellos párrafos ajenos que el ex ministro Federico Trillo se apropió para la elaboración de su trabajo doctoral, hace ya bastantes años, o la dimisión en 2011 del Ministro de Defensa alemán por haber hecho lo propio en su monografía de investigación académica. No obstante, apoyándose en la amnesia, ahora se difunden estos casos como materia de una gravedad insólita que compromete los fundamentos de una educación supuestamente democrática. Lo que comenzó hace meses con el máster fraudulento de la entonces Presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, y se vio sucedido por las acusaciones -aún no resueltas- sobre el respectivo Máster del actual dirigente del PP, Pablo Casado, prosigue ahora con el plagio de la ex ministra socialista y con la baja calidad del doctorado del Presidente en funciones, Pedro Sánchez, en la Universidad Camilo José Cela. ¿Hasta dónde llegará todo este revuelo y el afán de dejar a todo culpable con las vergüenzas al aire? Pues hasta que la siguiente remesa de productos informativos cree una nueva cortina de humo que entretenga a la audiencia, asegure la publicidad y agrave la desmemoria. Ahora bien, sobre los temas esenciales -esas razones más radicales que puedan disolver los gritos y fortalecer las críticas certeras- que subyacen a estos y otros asuntos, solo se arroja la cal viva del silencio.

El sensacionalismo es una plaga de lo intrascendente y del nuevo tratamiento informativo que hace imposible una discusión pública acerca de la enfermedad que se oculta bajo los síntomas de nuestra degradación social. Al interesarse exclusivamente por los actores de los escándalos, todo queda resumido en un proceso de selección, acusación y sacrificio de los mismos, que deja de lado las razones sociales, políticas e históricas que son las que realmente pueden informarnos sobre las características de una época con mayor profundidad. El caso reciente de la ex ministra, como todos los escándalos análogos habidos y por haber, solo resultan ilustrativos si realmente nos hacen reparar en las normas que estructuran las sociedades neoliberales globales y que han convertido el saber en una dimensión más de la búsqueda de visibilidad -fama- y éxito; es decir, en una carrera por la obtención de credenciales y documentos que certifiquen, como sea, que un individuo sigue vivo en el mercado y que aspira únicamente a la victoria.

Las dimensiones políticas de la universidad y de toda la institución pedagógica no pueden sorprender a quienes hayan formado parte alguna vez, como estudiantes o profesores, de la entraña educativa de un país. Un Rector, un Vicerrector o un Director de colegio o instituto constituyen cargos políticos que se alejan significativamente de las labores docentes. Sin embargo, una cosa es reconocer esa dimensión política inherente a puestos de representación educativa particulares, y otra muy distinta que se normalicen las corruptelas que complican hoy más que ayer la imagen de la universidad pública y su connivencia con el poder económico y político. Ahora bien, las causas no hay que buscarlas en los ejemplos ad hoc que pueden reproducirse indefinidamente, sino en el progresivo desmantelamiento de toda la estructura educativa pública de los países entregados a la anarquía del nuevo capitalismo.

La discusión que deberíamos mantener a raíz de estos ejemplos tendría que orientarse hacia una reflexión acerca de la función real de la educación en un contexto sociopolítico dirigido por las ideologías del mercado, el consumismo, la imagen y la visibilidad en todas sus variantes de popularidad y fama. En este sentido, nada indica que la educación, en general, y la universitaria, en particular, puedan mantener aún hoy de manera convincente el ideal de una formación crítica de los seres sociales. En su lugar, lo que se impone es una industria sectorial especializada en la fabricación de rentabilidades académicas, de titulados cada vez más especializados y de seres humanos cada vez más incultos y deprimidos. El asedio continuo de las Humanidades, el ataque frontal a la Filosofía, los recortes en la investigación no aplicada o la desatención a algunas Ciencias Sociales como la Antropología, son solo algunos de los grandes delatores de este cambio de rumbo en materia educativa, el cual lleva gestándose varios decenios, pero cuyo recrudecimiento en nuestras latitudes puede situarse a partir del Plan Bolonia, en 1999.

El espacio europeo universitario planteado por dicho acuerdo para el año 2010 no supuso nunca -como algunos aún pretenden defender hoy día, con una mezcla de ingenuidad y maldad- la habilitación de un lugar de intercambio intelectual y de camaradería académica; muy al contrario, lo que hacía era acotar el territorio de la educación superior bajo las normativas rectoras y transversales de todo el sistema social, bajo imperativos económicos de competitividad extrema y máxima rentabilidad. Había que disciplinar la Universidad, desmantelando todo su potencial de crítica y resistencia, y someterla a los mismos mecanismos que modelan los demás dominios de la vida social economizada. Para ello, se profundizó en el proceso, que señalé anteriormente, de selección, acusación y sacrificio, que, en el caso universitario, tomó la forma de los planes de viabilidad que han buscado destruir o contribuir a la agonía de algunos estudios y Facultades especialmente incómodas. Dichos planes han sido la traducción de ese proceso al idioma de la más artera racionalidad administrativa e instrumental. Se seleccionaron los estudios con matrículas más bajas y cuyos itinerarios iban a contracorriente del utilitarismo social imperante, se acusaron de falta de demanda en el mercado y se les obligó a adaptarse o a morir en un sacrificio suicida y banal. El único criterio que ha imperado en todo este macabro transcurso ha sido el económico.

La venta paulatina de la institución universitaria a los intereses ajenos a los del saber, así como su progresiva dependencia de fondos públicos que han ido viendo en la educación y la cultura sendas oportunidades de proyección individual y de negocio, hacen que los casos de corrupción, vistos como puntuales, corran el riesgo de reproducirse cada vez con mayor frecuencia. Por otra parte, hay que reconocer que un sistema educativo herido fatalmente por la coacción de la rentabilidad y absorbido por la participación acrítica en las nuevas tecnología de la comunicación y la información, apenas puede oponer resistencia a las tendencias sociales que forman previamente las expectativas y la personalidad de la mayoría del nuevo estudiantado, el cual llega a los establecimientos educativos con una sobrecarga de información, conectividad y atrofia.

Se equivocan, pues, quienes no ven -o no quieren ver- en estos ejemplos actuales de picaresca académica una relación con el estado degradado de las democracias neoliberales. Son estas las que, estructuralmente, alimentan una lucha a muerte por la vida y contra el tiempo -tener hoy 45 años años y no tener trabajo puede suponer una carta de recomendación para la muerte- y las que enseñan, a través de su dogmática ultraliberal, a ser capaces de hacer lo que sea menester para lograr sobrevivir y vencer en un mundo donde el capitalismo se ha maquillado con las formas cínicas de una estética aligerada – como sostiene Gilles Lipovetsky en sus útlimas obras- para pasar de matute las acciones de su férreo y despiadado corazón. La universidad, lejos de ser una excepción, reproduce a su escala este nuevo circo de gladiadores, en el que el concepto de libertad, visto desde el único camino de la libertad de mercado y confundido con la plena liberalización, solo sirve de aderezo demagógico para el nuevo darwinismo social y para el espectáculo de sus nuevas masacres sobre la arena.

La complicidad política en todo esto es muy grave, dado que compromete la dignidad de la representación democrática, ensuciando la ejemplaridad de sus actores principales, pero la colaboración educativa resulta trágica, ya que anula la esperanza depositada en la consolidación de un espacio de plenitud vital, gobernado por el rigor de las ideas, las discusiones libres y los argumentos meditados, regalándolo, como contrapartida,  al más servil utilitarismo. Mientras no se habiliten verdaderos espacios públicos de discusión rigurosa de estos y otros temas de enorme relevancia, desde el cruce de una pluralidad de interpretaciones diversas y de forma ajena a las tentaciones de rápida rentabilidad que trae consigo el sensacionalismo y el oportunismo informativo de los medios, nuestra enfermedad social no hará más que agudizarse. Tal vez estemos asistiendo ya a la fase crónica de esa enfermedad y, con ello, a la crónica de un desastre anunciado.

No se trata, pues, de plagios, másteres regalados o débiles tribunales de tesis, sino de la espeluznante perversidad de todo un modelo de vida que pretende justificar su atentado contra la mejor vida posible. Summum crede nefas animam praeferre pudori et propter vitam vivendi perdere causas, dejó escrito el escritor latino Juvenal, ante la degradación moral de la Roma de su tiempo, y nunca tuvieron estas palabras tanta vigencia, salvo en la época que las vio nacer, como la tienen ahora, pues optar por la vida, a cualquier precio, frente a la decencia, solo hace que la vida pierda las causas por las que vale la pena vivirla. Si la educación deja de ser la indagación humana en busca de esas razones, ya pueden empezar a titular a quien le de la gana con toneladas de papel higiénico…