Penumbra y resplandor

En algún lugar sin coordenadas y tiempo sin relojes.

Al despertar, madrugada del 6 de noviembre de 2018.

El recital se celebraba en el interior de una iglesia. No podría decir a qué hora, porque pronto el tiempo descubriría el final de su juego de disfraces, pero sí puedo decir que llegué a aquel sagrado lugar envuelto en una intensa luz de mediodía. Adentro afloraba otra cosa: una penumbra apenas clareada por multitud de pequeñas velas encendidas. El interior era muy amplio y estaba repleto de gente, toda ella sentada en las bancadas de madera que flanqueaban el pasillo que conducía al altar. Me quedé atrás, muy cerca de la puerta y a escasos metros de la primera hilera de bancos. Allí también habían colocado algunos asientos y, en uno de ellos, me instalé. Sigue leyendo

Días y noches

Hay días en los que uno está muy cansado. Sobre todo, noches, en las que uno imita el insomnio de la luna y espera el silencio, el despojamiento de las palabras. La esperanza malvive en esas noches de fatiga. Hartos de ver el desfile diario de las noticias del mundo, ese carrusel de fruslerías monstruosas, cerramos los ojos, intentamos dormir y esperamos que el sueño nos limpie y reconstruya. Pero no ocurrirá así. Los ojos se abrirán y se cerrarán varias veces de forma intermitente, como en pesadísimos parpadeos, la vigilia se mantendrá en equilibrio de puntillas sobre un alfiler que pincha de cansancio, y el silencio nunca será completo, sino que bailarán en él fragmentos de vida propia y ajena, fantasmas que la noche trae en su runrún de oscuridades encendidas. Eso sí, entremedias, nos quedaremos más callados. Puede también poblarse ese silencio de escepticismo o, radicalmente, de un rotundo pesimismo histórico de lo humano. Suele darse entonces un interior cataclismo, tras el cual se hunden los grandes planteamientos ideológicos, las causas escritas con Mayúscula, los héroes y heroínas de lo que sea. Todo se derrumba sin heroicidad. Todo se desbarranca con un escenario al fondo de manoseo, utilidades prácticas, te uso, te desecho, y de nihilismo casi consumado. Se oyen ya los jinetes en la tormenta, oímos cómo se acercan y sabemos que vienen a acabar con nosotros. Sigue leyendo

Abismo y resurrección

Estaba entonces entre mi pueblo
y con él compartía su desgracia
Ana Ajmátova

 

No te conocí. Nunca

fue el adverbio que mantuvo hasta ahora nuestra lejana correspondencia.

Nunca hubo entre nosotros clases de filosofía, ni sueño en un tren a Carapachay,

ni el titubeante ardor de la espera de que un día, de pronto, te dejases besar.

No hubo nunca nada de eso, ni tampoco aquella noche definitiva en la que,

sin querer arriesgar la duda y creyendo, siempre equivocadamente,

que el tiempo dura mas que el fulgor, me despedí de ti y no te vi más.

Nada de eso hubo ni habrá jamás entre nosotros

y, sin embargo, al descubrir de pronto tu foto,

gracias a las palabras de un hermano que sí te tuvo en su zozobra,

que sí apoyó sobre tu hombro su cabeza con sueño

y confió humanamente en la duración del tiempo,

gracias a él que me habló de ti y te habló a ti frente a mí

con palabras y lágrimas monumentales,

resulta que ahora te escribo y me atrevo a rozarte tiernamente con mi dedo,

tocando tu foto en el infame plasma de una pantalla estéril,

que aún así atraviesas con tu irradiación de epifanía

y la facilidad con que la belleza perfora los velos que esconden la vida,

tras el engaño de la realidad.

Ahí, de pronto apareciste,

como un acontecimiento,

y yo contemplé, horrorizado, la magnitud del daño,

el que hayan arrebatado, cobardemente, esa luz aguerrida y desamparada de tus ojos,

el que te hayan aniquilado en lo innombrable del ultraje,

esa mirada de río oculto en el boscaje, tu cabello de ánfora y esa fuerza indomable de Antíope peleando hasta su muerte.

Nunca puede haber culpa en quien se entrega a un ideal con esa pureza de niña,

pues hasta las manchas del capricho quedan entonces lavadas por la revolución de la inocencia.

Nunca podrá haber perdón para quien destruyó tu rostro con tan solo veintisiete años.

Y yo, que nunca lo tuve entre mis manos como ahora tengo tu pálida imagen

al alcance de mi vital roce, casi medio siglo después de que te hayan asesinado,

me deshago en lágrimas y te doy las gracias por haber sido el hombro para mi hermano

en aquel tren lejano y soñoliento, el vértigo de su tiempo y una de las sombras que también a mí

me acompañarán por siempre desde ahora, dulce y rebelde Laura Susana Di Doménico,

cuyo nombre también ahora pronuncio, lentamente y con cuidado,

para que nunca se le olvide a quien me escuche

y, con él, tu inmortal y melancólica belleza,

porque ya sabemos que no hay mayor distancia que este ahora…

Después de seis años, ¡ay, Hispania!

Nunca ha sentado bien Hispania al otro lado de los Pirineos, ni tampoco a este lado de la sardana. A Napoleón le valieron una úlcera o, cuando menos, más de un ardor de estómago, las noticias de aquel telúrico e ingobernable país. A nosotros, por nuestra parte, nos provoca, como poco, una esofagitis de reflujo. Y es que esta Hispania de hoy, aunque tal vez algo menos telúrica y rebelde que entonces, se muestra igualmente rendida a la farfulla de cualquier sinvergüenza de jarrete nacional que sea incapaz de unir correctamente un sujeto y un predicado en cualquiera de sus lenguas romances. Para ello, tanto monta, monta tanto, la impostura puede venir hablando en vallisoletano o en lemosín de Lleida. Con un poco de suerte, todos acabarán hablando francés valón o ginebrino. Hasta aquí mi dosis de ironía y de primera acidez.

Sigamos con mi dosis de preguntas ardientes. ¿Quiénes son los españoles a los que decía Aznar hace seis años que había que explicarles las medidas de austeridad del gobierno de Marianico el bailón? ¿Estaban también incluidos sus hijos y los hijos de sus hijos y los hijos de…la madre que los parió a todos? Parece ser que no, y parece ser que ni el propio Aznar las entendía muy bien y que por eso acabó conspirando por los rincones contra “o raposiño” -zorrito en gallego- de Moncloa y su extraño arte de hacer política leyendo el Marca y viendo la lucha libre entre sus rivales. Lo que me queda claro es que, seis años después, aquellos españoles a los que les quedaba la papeleta de dilatar aún más sus tragaderas para encajar cada nueva degradación de su ya degradada situación, siguen siendo los mismos; es decir: la gran mayoría de nosotros.

Hace seis años, los políticos de turno decían estar preocupados por el regreso a una Hispania
dividida. Hoy, seis años después, parece que el turno sigue siendo el mismo y que se han olvidado de cambiar de guardia. Así, la Hispania de facto sigue dividida entre quienes descubren nuevos espacios para el robo y aquellos otros que pierden hasta los bolsillos de los que solían robarles en el pasado. Estos últimos acabarán pagando una multa de Montoro por no saber inventarse bolsillos nuevos. Mientras tanto, los ladrones siguen saliendo en televisión -ahora hasta en emisiones de canales internacionales- y la podredumbre cultural y mediática del país sigue haciendo récords de audiencia analfabeta. Por supuesto, además, que si hace seis años me preguntaba quiénes eran los jóvenes de los que hablaba entonces el gobierno, hoy ya ni se me ocurre semejante ejercicio de automasoquismo, dado que, de pronto, los treintañeros de entonces frisamos ya los cuarenta sin que haya habido más cambios, por desgracia, que los que traen las nuevas recomendaciones de la ITV del médico de familia. Hace seis años, nos quejábamos de habernos acostado con veinticinco y habernos levantado con treinta y uno, y con una orden de mandarnos al carajo por medio del Boletín Oficial del Estado, debajo del bazo. Ahora, seis años después, nos gustaría que el BOE se acordase de nosotros, aunque fuese para mandarnos a freír espárragos. No obstante, a mí, como entonces, no se me sigue dando un ardite la nueva repetición de lo idéntico, pues continúo instalado en la firme convicción de pertenencia a una generación perdida que, en lugar de acobardarnos, debería proporcionarnos el valor aristocrático de los dandys. Para quien lleve tan alta condecoración, no hay derrota que no sea un nuevo trofeo. Lo demás, para los mediocres y asustadizos. 

Acabo con mi dosis de desprecio sulfúrico, que sigue casi intacta desde hace seis años. Hispania sigue yéndose por un retrete con tirador dorado de latón, que quieren hacernos pasar por oro. Y todavía nos cuentan más milongas que en una tarde de tango madrileño y todavía muchos más que entonces, se las creen. Ahora bien, hoy como ayer, ninguno de los fantoches -nuevos o viejos- de la política nacional, o de las políticas nacionaloides, muestra un interés y respeto mayor por la sociedad del que mostraba en aquel momento. Lo único que les sigue moviendo son sus propios ombligos y los consejos de sus respectivos abogados para, en cada caso, evitar los dolores de cabeza, las celdas demasiado estrechas o las cuentas intervenidas. Por lo demás, ellos siguen sin ser como nosotros, pues sus tribunas son distintas, los colegios de sus hijos son distintos, el porvenir de sus nietos será distinto, sus cortes de pelo son distintos, sus camisetas con eslóganes son distintas, sus almuerzos son distintos, sus escoltas son distintos -básicamente, porque nosotros no tenemos más escolta que la propia sombra-, y sus “exilios” son muy distintos…¿sigo?

Y en estas seguimos, seis años después, enrocados y con el ajedrez detenido. ¿Hispania dividida? Hombre, pues, claro. ¡Faltaría más! Desde los romanos. Aunque, eso sí, entre pedazos fabricados con la misma mala leche y la misma inmisericorde lucha por el dominio. Tal vez también la culpa venga de los hijos del Lacio. Y por detrás de este pintoresco decorado de garbanzos y butifarra, ahí sigue papá neoliberalismo comiéndose a sus hijos a trozos y cada vez con más miedo y con más hambre. Seis años después, por fortuna, la lucidez penetrante del poeta sigue incólume, que no siempre todo lo que permanece se gangrena:  “aún giro dentro de mí mismo aunque sé que voy a /caer en el frío de mi propio corazón”, (Antonio Gamoneda). Al igual que entonces, aún ahora me enorgullezco de pertenecer a una generación de perdidos y paseo con arrogancia mi perdición entre el rebaño y la manada de lobos, pues tan lejos está el que camina solo, pero lejano en altura, del balido del tropel que del miedo a la traidora dentellada…