Fiebre

Febril en la noche me abro y me despojo

de toda precaución de retenerme,Resultado de imagen de fotos de oleaje y poetas

como el mar insomne abro mis cerrojos

y el oleaje no logra contenerme.

Me hiero a ratos solo por saberme

de amor herido por ti y aún a ti te escojo,

en esta tempestuosa manera de perderme

que eres mi bien y mi mal, mi propio trampantojo.

Tú me dominas siendo mi tortura,

me besaste y poco después te fuiste.

Tu silencio ahora es mi desengaño,

me pierdo en esta falta de mesura

y ardiendo en esa hoguera que encendiste,

te amo y te odio y te dejo hacerme daño…

Abismo y resurrección

Estaba entonces entre mi pueblo
y con él compartía su desgracia
Ana Ajmátova

 

No te conocí. Nunca

fue el adverbio que mantuvo hasta ahora nuestra lejana correspondencia.

Nunca hubo entre nosotros clases de filosofía, ni sueño en un tren a Carapachay,

ni el titubeante ardor de la espera de que un día, de pronto, te dejases besar.

No hubo nunca nada de eso, ni tampoco aquella noche definitiva en la que,

sin querer arriesgar la duda y creyendo, siempre equivocadamente,

que el tiempo dura mas que el fulgor, me despedí de ti y no te vi más.

Nada de eso hubo ni habrá jamás entre nosotros

y, sin embargo, al descubrir de pronto tu foto,

gracias a las palabras de un hermano que sí te tuvo en su zozobra,

que sí apoyó sobre tu hombro su cabeza con sueño

y confió humanamente en la duración del tiempo,

gracias a él que me habló de ti y te habló a ti frente a mí

con palabras y lágrimas monumentales,

resulta que ahora te escribo y me atrevo a rozarte tiernamente con mi dedo,

tocando tu foto en el infame plasma de una pantalla estéril,

que aún así atraviesas con tu irradiación de epifanía

y la facilidad con que la belleza perfora los velos que esconden la vida,

tras el engaño de la realidad.

Ahí, de pronto apareciste,

como un acontecimiento,

y yo contemplé, horrorizado, la magnitud del daño,

el que hayan arrebatado, cobardemente, esa luz aguerrida y desamparada de tus ojos,

el que te hayan aniquilado en lo innombrable del ultraje,

esa mirada de río oculto en el boscaje, tu cabello de ánfora y esa fuerza indomable de Antíope peleando hasta su muerte.

Nunca puede haber culpa en quien se entrega a un ideal con esa pureza de niña,

pues hasta las manchas del capricho quedan entonces lavadas por la revolución de la inocencia.

Nunca podrá haber perdón para quien destruyó tu rostro con tan solo veintisiete años.

Y yo, que nunca lo tuve entre mis manos como ahora tengo tu pálida imagen

al alcance de mi vital roce, casi medio siglo después de que te hayan asesinado,

me deshago en lágrimas y te doy las gracias por haber sido el hombro para mi hermano

en aquel tren lejano y soñoliento, el vértigo de su tiempo y una de las sombras que también a mí

me acompañarán por siempre desde ahora, dulce y rebelde Laura Susana Di Doménico,

cuyo nombre también ahora pronuncio, lentamente y con cuidado,

para que nunca se le olvide a quien me escuche

y, con él, tu inmortal y melancólica belleza,

porque ya sabemos que no hay mayor distancia que este ahora…

Quizá, nada…

Resultado de imagen de imagenes de desierto en blanco y negro

Des-ierto. Des-hojar. Amar o des-amar

 

 

 

 

 

 

 

 

Estar sin vivir, como estando muerto,

deambular entre frías llamaradas.

El sol hace de ti solo desierto,

resplandor sin fe y arena calcinada

Solo este ardor sin fin tienes por cierto,

este morir entre primaveras devastadas

sin mar con que soñar, ni amor, ni puerto.

Nada que no engulla esta inmensa nada.

¿Habrá un oasis aún de alegrías

que espere con paciencia en el camino

al agónico ser que lo descubra?

¿O será la borracha fantasía

de un delirio final cuyo destino

sea beber con furia esa nada que lo cubra?…

 

 

 

Playa Canela (1/5/2018)

Lo más complejo es lo más sencillo,

pues hay algo aparentemente inmediato en lo sencillo

que se vuelve inmediatamente inagotable.

 

Luz, luz que inunda la casa y ocupa el espacio avanzando como la marea. Luz que pinta el aire de blanco y juega por el arenal con mar y cielo. Luz que hace brillar el azul rizado del agua, en este punto de la tierra donde el Guadiana deshace su corazón en el Atlántico. Luz, luz de todo lo que hace sentir el relente de un secreto que parece accesible y de pronto se desvanece. En un paseo por la playa hasta la isla de las gaviotas, he visto los pasos de un niño por arenas lejanas. Era el litoral de Caracas. Y los pasos de aquel niño fueron creciendo, los vi madurar y atravesar otros arenales, remontar dunas y entremezclarse con voces, risas y palabras de amor. También hubo silenciosos susurros del viento. Después, Galicia, Potugal, África, Europa, Asia hicieron imposible el único enclave y el misterio no cesó de crecer y no se ha detenido desde entonces hasta llegar aquí, a Isla Canela, en la playa infinita que se pierde de vista, como de vista se perdía la lejana playa de Uchire que vio los pasos del niño. Y escucho las voces amadas, los pasos adolescentes, la belleza, la emigración, el exilio que nos expulsa y la poesía que nos recupera siempre, aunque de otra forma, pero, ¿en dónde?, ¿hacia dónde? No lo sé. Apenas sé que si cierro los ojos, el murmullo del mar sigue su curso y me habla de mí. Veo las huellas del niño, orilla lejana, acompañando los pasos del hombre, arena de ahora. Y de nuevo la luz, al abrir los ojos, la luz que inunda la casa como inunda el mundo a cada instante el asombro de estar vivos. Mar, cielo y esta certeza azul de habitar en el corazón de lo inexplicable para, aún así, volver a intentarlo… Vida nuestra, flor de infancia, murmullo del mar…

 

Hay músicas que se arrojan como gatos

y desgarran el telón en raso de la noche

el corazón libera un grito y golpea su cuerpo contra la escena

apenas se atreve el silencio a pestañear entonces

pero basta ese intervalo para que todo sea luz de pronto

y hundimiento

Hay músicas que reflotan los viejos mascarones

del impulso la madera que se fue pudriendo

los océanos que iban a dominar los hombres

las tormentas, el infinito, la ribera

y llenan de brillos ocres la memoria del naufragio

Somos solo la sorpresa de esos momentos

que una música supo recordarnos

nos vemos en los fulgores del fragmento

y el raso se alegra de ser raso, aunque herido

antes de que caiga el telón definitivo

y hereden la ciudad, noche a noche, los ocultos gatos…