Días y noches

Hay días en los que uno está muy cansado. Sobre todo, noches, en las que uno imita el insomnio de la luna y espera el silencio, el despojamiento de las palabras. La esperanza malvive en esas noches de fatiga. Hartos de ver el desfile diario de las noticias del mundo, ese carrusel de fruslerías monstruosas, cerramos los ojos, intentamos dormir y esperamos que el sueño nos limpie y reconstruya. Pero no ocurrirá así. Los ojos se abrirán y se cerrarán varias veces de forma intermitente, como en pesadísimos parpadeos, la vigilia se mantendrá en equilibrio de puntillas sobre un alfiler que pincha de cansancio, y el silencio nunca será completo, sino que bailarán en él fragmentos de vida propia y ajena, fantasmas que la noche trae en su runrún de oscuridades encendidas. Eso sí, entremedias, nos quedaremos más callados. Puede también poblarse ese silencio de escepticismo o, radicalmente, de un rotundo pesimismo histórico de lo humano. Suele darse entonces un interior cataclismo, tras el cual se hunden los grandes planteamientos ideológicos, las causas escritas con Mayúscula, los héroes y heroínas de lo que sea. Todo se derrumba sin heroicidad. Todo se desbarranca con un escenario al fondo de manoseo, utilidades prácticas, te uso, te desecho, y de nihilismo casi consumado. Se oyen ya los jinetes en la tormenta, oímos cómo se acercan y sabemos que vienen a acabar con nosotros.

Hay días y noches en las que no se logra llevar un pensamiento definido al papel. Durante esos períodos zumba un enjambre de ideas en el interior de las palabras, pero el hilo que las conduce se vuelve, de pronto, aliento de un cigarro. La unidad se retuerce, se desjarreta y finalmente se desvanece. ¡Cuántos pensamientos se nos ofrecen y nos traicionan en esos instantes! ¿Adónde llegaron? ¿Adónde hemos llegado? Desde luego que no a un lugar donde podamos descansar por las noches con el sueño reparador de los inocentes. En vez de eso, nos revolcamos en la cama con la indigestión de lo cotidiano, tan borracho de realidad, tan sediento de vida, abrazados a la soledad o quizá al recuerdo de un amor que nos dejó con menos aire. Nuestras camas se convierten a la sazón en lechos de un lento fracaso, en flores marchitas que señalan la página de un libro y aceptamos empuñar, a veces, algún arma química para vencer tanta vigilancia nocturna de ojos cerrados.Resultado de imagen de imagenes de día y de noche

Hay días en los que uno regresa a la guarida del lobo convertido en Harry Haller y suelta uno de esos aullidos profundos que hablan, afligidamente, de la derrota de toda una generación. El universo, que no es un animal, como se creyó durante siglos, se muestra inconmovible. No puede conmoverse. En mitad de la descomunal indiferencia de las estrellas, el lobo-hombre insiste en aullar diciendo: “I saw the best minds of my generation destroyed by madness/ starving hysterical naked/dragging themselves through the negro streets at dawn looking/ for an angry fix”. Y el hombre-lobo siente el goteo de su sangre y saborea su sabor al mezclarse con la sangre de la luna que cuelga en sus colmillos. En esas noches no hay patrias, ni matrias, ni nada que resulte sencillo. En la carretera solo corren los recuerdos y en esa veloz fragmentación damos cuenta de algo, algo inacabado, siempre un poco irreal, que llamamos nuestra vida. A veces, en esos instantes, nos atraviesa un escalofrío y nos deja temblando: es el miedo al olvido. En el fondo, no queremos olvidar, aunque duela, y mucho menos que nos olviden. Buscamos la rosaliana espina que nos clava la vida cuando se hace pasado. De acuerdo, profesor Hegel, cierto es que tenemos el privilegio del dolor, pero no siempre hay síntesis, ni reconciliación para ese extraño sufrimiento.

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Hay días y noches en las que ya lo único que uno espera es el milagro de un poema y una metáfora que transforme la realidad en vida verdadera. Ungidos por ese alumbramiento, veremos la luz incidiendo sobre el mundo de otra manera. Puede que entonces volvamos a dormir, fugazmente, con la plenitud de la niñez. ¡Qué diferente cuando los niños caen rendidos a cuando lo hacen los hombres! ¡Bebé Rocamadour, bebé! Todos lloramos la muerte de nuestro bebé Rocamadour. Todos jugamos a una rayuela de saltos y caídas, donde la altura del cielo se mide con el golpe contra la acera. Pero cada violenta caída fue borrando la tiza que dibujaba el sagrado perímetro de nuestro juego. Tendríamos que haber aprendido a vivir solo saltando, pero no pudo ser. Por eso, vivir para caer, que es siempre más honesto, supone, poco a poco, que el juego se vaya borrando y que los gritos jubilosos de los niños se apaguen lentamente. ¡Ay, bebé Rocamadour, bebé! Solo volvemos a recuperarlos, como ecos, en días, sobre todo, noches muy silenciosas, en las que, sin dormir, ni hablar, ni escribir sobre nada concreto, adquirimos en nosotros algo de la dimensión del universo, sin perder por ello el conmovedor latido de la respiración animal. Esas noches tienen la inconcreción de las grandes preguntas, pues todo lo esencial es demasiado grande para acabar de definirse. Hay días. En fin, hay noches…

 

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