La educación perdida

La dimisión de la Ministra de Sanidad del gobierno socialista tras descubrirse que había plagiado en su Trabajo de Fin de Máster aporta un episodio más a las amistades peligrosas de la Universidad y la política y abre un nuevo espacio para el efímero griterío de la actualidad y para el rápido olvido de las razones que teníamos para gritar. La historia en cuestión no es reciente, ni local. Se pueden recordar, a tales efectos, aquellos párrafos ajenos que el ex ministro Federico Trillo se apropió para la elaboración de su trabajo doctoral, hace ya bastantes años, o la dimisión en 2011 del Ministro de Defensa alemán por haber hecho lo propio en su monografía de investigación académica. No obstante, apoyándose en la amnesia, ahora se difunden estos casos como materia de una gravedad insólita que compromete los fundamentos de una educación supuestamente democrática. Lo que comenzó hace meses con el máster fraudulento de la entonces Presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, y se vio sucedido por las acusaciones -aún no resueltas- sobre el respectivo Máster del actual dirigente del PP, Pablo Casado, prosigue ahora con el plagio de la ex ministra socialista y con la baja calidad del doctorado del Presidente en funciones, Pedro Sánchez, en la Universidad Camilo José Cela. ¿Hasta dónde llegará todo este revuelo y el afán de dejar a todo culpable con las vergüenzas al aire? Pues hasta que la siguiente remesa de productos informativos cree una nueva cortina de humo que entretenga a la audiencia, asegure la publicidad y agrave la desmemoria. Ahora bien, sobre los temas esenciales -esas razones más radicales que puedan disolver los gritos y fortalecer las críticas certeras- que subyacen a estos y otros asuntos, solo se arroja la cal viva del silencio.

El sensacionalismo es una plaga de lo intrascendente y del nuevo tratamiento informativo que hace imposible una discusión pública acerca de la enfermedad que se oculta bajo los síntomas de nuestra degradación social. Al interesarse exclusivamente por los actores de los escándalos, todo queda resumido en un proceso de selección, acusación y sacrificio de los mismos, que deja de lado las razones sociales, políticas e históricas que son las que realmente pueden informarnos sobre las características de una época con mayor profundidad. El caso reciente de la ex ministra, como todos los escándalos análogos habidos y por haber, solo resultan ilustrativos si realmente nos hacen reparar en las normas que estructuran las sociedades neoliberales globales y que han convertido el saber en una dimensión más de la búsqueda de visibilidad -fama- y éxito; es decir, en una carrera por la obtención de credenciales y documentos que certifiquen, como sea, que un individuo sigue vivo en el mercado y que aspira únicamente a la victoria.

Las dimensiones políticas de la universidad y de toda la institución pedagógica no pueden sorprender a quienes hayan formado parte alguna vez, como estudiantes o profesores, de la entraña educativa de un país. Un Rector, un Vicerrector o un Director de colegio o instituto constituyen cargos políticos que se alejan significativamente de las labores docentes. Sin embargo, una cosa es reconocer esa dimensión política inherente a puestos de representación educativa particulares, y otra muy distinta que se normalicen las corruptelas que complican hoy más que ayer la imagen de la universidad pública y su connivencia con el poder económico y político. Ahora bien, las causas no hay que buscarlas en los ejemplos ad hoc que pueden reproducirse indefinidamente, sino en el progresivo desmantelamiento de toda la estructura educativa pública de los países entregados a la anarquía del nuevo capitalismo.

La discusión que deberíamos mantener a raíz de estos ejemplos tendría que orientarse hacia una reflexión acerca de la función real de la educación en un contexto sociopolítico dirigido por las ideologías del mercado, el consumismo, la imagen y la visibilidad en todas sus variantes de popularidad y fama. En este sentido, nada indica que la educación, en general, y la universitaria, en particular, puedan mantener aún hoy de manera convincente el ideal de una formación crítica de los seres sociales. En su lugar, lo que se impone es una industria sectorial especializada en la fabricación de rentabilidades académicas, de titulados cada vez más especializados y de seres humanos cada vez más incultos y deprimidos. El asedio continuo de las Humanidades, el ataque frontal a la Filosofía, los recortes en la investigación no aplicada o la desatención a algunas Ciencias Sociales como la Antropología, son solo algunos de los grandes delatores de este cambio de rumbo en materia educativa, el cual lleva gestándose varios decenios, pero cuyo recrudecimiento en nuestras latitudes puede situarse a partir del Plan Bolonia, en 1999.

El espacio europeo universitario planteado por dicho acuerdo para el año 2010 no supuso nunca -como algunos aún pretenden defender hoy día, con una mezcla de ingenuidad y maldad- la habilitación de un lugar de intercambio intelectual y de camaradería académica; muy al contrario, lo que hacía era acotar el territorio de la educación superior bajo las normativas rectoras y transversales de todo el sistema social, bajo imperativos económicos de competitividad extrema y máxima rentabilidad. Había que disciplinar la Universidad, desmantelando todo su potencial de crítica y resistencia, y someterla a los mismos mecanismos que modelan los demás dominios de la vida social economizada. Para ello, se profundizó en el proceso, que señalé anteriormente, de selección, acusación y sacrificio, que, en el caso universitario, tomó la forma de los planes de viabilidad que han buscado destruir o contribuir a la agonía de algunos estudios y Facultades especialmente incómodas. Dichos planes han sido la traducción de ese proceso al idioma de la más artera racionalidad administrativa e instrumental. Se seleccionaron los estudios con matrículas más bajas y cuyos itinerarios iban a contracorriente del utilitarismo social imperante, se acusaron de falta de demanda en el mercado y se les obligó a adaptarse o a morir en un sacrificio suicida y banal. El único criterio que ha imperado en todo este macabro transcurso ha sido el económico.

La venta paulatina de la institución universitaria a los intereses ajenos a los del saber, así como su progresiva dependencia de fondos públicos que han ido viendo en la educación y la cultura sendas oportunidades de proyección individual y de negocio, hacen que los casos de corrupción, vistos como puntuales, corran el riesgo de reproducirse cada vez con mayor frecuencia. Por otra parte, hay que reconocer que un sistema educativo herido fatalmente por la coacción de la rentabilidad y absorbido por la participación acrítica en las nuevas tecnología de la comunicación y la información, apenas puede oponer resistencia a las tendencias sociales que forman previamente las expectativas y la personalidad de la mayoría del nuevo estudiantado, el cual llega a los establecimientos educativos con una sobrecarga de información, conectividad y atrofia.

Se equivocan, pues, quienes no ven -o no quieren ver- en estos ejemplos actuales de picaresca académica una relación con el estado degradado de las democracias neoliberales. Son estas las que, estructuralmente, alimentan una lucha a muerte por la vida y contra el tiempo -tener hoy 45 años años y no tener trabajo puede suponer una carta de recomendación para la muerte- y las que enseñan, a través de su dogmática ultraliberal, a ser capaces de hacer lo que sea menester para lograr sobrevivir y vencer en un mundo donde el capitalismo se ha maquillado con las formas cínicas de una estética aligerada – como sostiene Gilles Lipovetsky en sus útlimas obras- para pasar de matute las acciones de su férreo y despiadado corazón. La universidad, lejos de ser una excepción, reproduce a su escala este nuevo circo de gladiadores, en el que el concepto de libertad, visto desde el único camino de la libertad de mercado y confundido con la plena liberalización, solo sirve de aderezo demagógico para el nuevo darwinismo social y para el espectáculo de sus nuevas masacres sobre la arena.

La complicidad política en todo esto es muy grave, dado que compromete la dignidad de la representación democrática, ensuciando la ejemplaridad de sus actores principales, pero la colaboración educativa resulta trágica, ya que anula la esperanza depositada en la consolidación de un espacio de plenitud vital, gobernado por el rigor de las ideas, las discusiones libres y los argumentos meditados, regalándolo, como contrapartida,  al más servil utilitarismo. Mientras no se habiliten verdaderos espacios públicos de discusión rigurosa de estos y otros temas de enorme relevancia, desde el cruce de una pluralidad de interpretaciones diversas y de forma ajena a las tentaciones de rápida rentabilidad que trae consigo el sensacionalismo y el oportunismo informativo de los medios, nuestra enfermedad social no hará más que agudizarse. Tal vez estemos asistiendo ya a la fase crónica de esa enfermedad y, con ello, a la crónica de un desastre anunciado.

No se trata, pues, de plagios, másteres regalados o débiles tribunales de tesis, sino de la espeluznante perversidad de todo un modelo de vida que pretende justificar su atentado contra la mejor vida posible. Summum crede nefas animam praeferre pudori et propter vitam vivendi perdere causas, dejó escrito el escritor latino Juvenal, ante la degradación moral de la Roma de su tiempo, y nunca tuvieron estas palabras tanta vigencia, salvo en la época que las vio nacer, como la tienen ahora, pues optar por la vida, a cualquier precio, frente a la decencia, solo hace que la vida pierda las causas por las que vale la pena vivirla. Si la educación deja de ser la indagación humana en busca de esas razones, ya pueden empezar a titular a quien le de la gana con toneladas de papel higiénico…

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