Breve apunte acerca del Romanticismo

Un día después del 14 de febrero de 2018

Tan carentes de interés me parecen los días inventados para el comercio con la tópica meliflua del amor, como las largas monsergas que repiten una y otra vez que el amor romántico solo es el resultado de un cúmulo de fórmulas míticas que consiguieron hacer que los hombres -cómo no- se aprovechasen de las mujeres. Es esta, a mi juicio, una forma penosa de anudar los contrarios bajo una síntesis vulgar de mercadeo y mala socioantropología. En esta actualidad acostumbrada a bordar con letras de oro el nombre de sus especialistas y a confundir los títulos formativos con el tener algo que decir, estos regateos del pensamiento son práctica común. Por desgracia, todos los intentos por superarlos, desarrollando una reflexión acerca de lo esencial que puede haber más allá de todo precio o de toda intersubjetividad parcial, suelen acabar en una mirada de recelo, en una acusación social y en una sentencia de muerte. Existen estas características procesuales en el tratamiento que se hace del amor romántico actualmente, pues hay algo en él que no se deja reducir ni al precio de un perfume, ni a las estructuras de la lucha de géneros que tan insistentemente repiten las modas intelectuales de las ciencias sociales y de la política. Ese algo indómito, renuente al cálculo y a la ideología es, precisamente, el amor y el Romanticismo, respectivamente.

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Resulta, pues, un profundo malentendido de partida el hablar del amor romántico como si se tratara de una unidad de origen, sin darse cuenta de que esa idea del amor del que se habla fue ya el resultado tardío y domesticado del impulso original del movimiento romántico, ese impulso que aún hasta la fecha aparece como el más poderoso y genuino que ha dado la modernidad occidental intelectual y estética a la hora de trascender al gris sujeto de la razón instrumental y del cálculo. Es tan poco lo que nos hemos movido de esta situación que quienes, desde la moda del momento, critican el romanticismo amoroso, creyendo con ello situarse en la vanguardia de la igualdad, vuelven a alguna clase de instrumentalización. No en vano, los veremos defendiendo espacios habitados por cuerpos neutros y desarraigados para los que valen lo mismo los ensayos contrasexuales, que las orgías de pago en clubs libertinos o las propuestas de eso que ha venido a llamarse, con cursi pedantería, el poliamor. Todo da igual, siempre y cuando la igualdad tan deseada – que algunos llamarán libertad, en pleno ardor de la confusión- deje a los seres reducidos a su mínima expresión : a la proliferación encarnada de sus cruces anónimos, de sus flujos sin asidero y de sus profundas orfandades sentimentales. Es irónico que una época tan cerrada a los misterios -en la que todo quisiera aclararse, comunicarse, administrarse- sea la misma que habla tanto de relaciones abiertas. Pero por detrás de este nuevo conjuro contra la violencia de la desigualdad, lo que se anuncia es la violencia más atroz de la igualdad forzosa y los nuevos excesos carnívoros del jacobinismo totalitario de la moderna oclocracia. La violencia igualitaria nace siempre de impulsos urgentes, más que de espacios de reflexión desacelerada. El ataque al amor romántico, reducido a simple efecto mecánico del patriarcado, es un ejemplo más de esta forma urgente de desatino. Lo que nos urge es dejar de pensar con prisa y con modas. Lo que nos urge es pensar con tiempo y con matices. Lo que nos urge es no sacrificar constantemente a los ídolos de la muchedumbre todo aquello que no se deje reducir a la coacción y a la doma.

Quienes critican tanto el amor romántico debieran antes saber algo más acerca del amor, como huella de un enigma, y del proyecto romántico, como aceptación de un desafío. Tendrían que estar antes muy seguros de que nada que entrañe misterio merece la pena ni es esencial para la especie. Habrían de leer mucho más a Hölderlin -aunque noResultado de imagen de imagenes de empedokles de holderlin Resultado de imagen de imagenes de empedokles de holderlinsolo a él-, que también habló del abrazo a la especie en una criatura amiga y eligió el camino de la locura como la forma más cercana a la vida y al amor de los dioses. Y es que una de las cosas que se puede decir del Romanticismo, sin agotarlo en ella, por supuesto, no proviene de las relaciones desiguales entre hombres o mujeres o de una dominación simbólica de estas últimas, ni de nada por el estilo, sino del humano afán de tornarse sobrehumano para vivir y amar como los dioses. Abrazar la tragedia sin miedo, solo por cumplir con el ideal heroico de una vida entusiasmada, no es peccata minuta, ni puede ser resumido por críticos tibios y amedrentados. Por desgracia, esos son los que abundan entre quienes tanto critican el amor romántico, sin saber casi nada de lo que hablan ni del tema al que pretenden referirse. Lo único que observo en ellos es un miedo atroz al sufrimiento. Pero la búsqueda de igualdad o de placer basada en el miedo constante a los dolores de la vida, es solo la forma más cobarde de provocar un sufrimiento todavía mayor y de promover un camino despiadado hacia lo inhumano…

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