Reflexiones sobre algunas noticias del #feminismo.net

#feminismo.net1

Cada día añado más datos a mis observaciones acerca de la aceleración del mundo y a la banalidad que suele ir asociada con ella. En este mundo digitalizado, cuyo insomnio se justifica por el deseo de una visión total y totalmente transparente de sí mismo, la farsa aparece como único destino. La aceleración con la que este mundo aborda sus temas imita aquella con la que produce y consume sus mercancías o con aquella otra con la que destruye sus márgenes. A su paso, no quedan más que las babas del odio, la banalidad y el estancamiento. En este mismo contexto sitúo el último caso del feminismo radical y digital que llega, como llegan las modas, con fuerza y aspiraciones a marcar tendencia o, incluso, a presentarse como el único referente de la defensa de los derechos de las mujeres en el mundo; esto es: a establecerse como hegemonía.

El primer aspecto que me sorprende de este movimiento es la común aceptación social que tiene de que los temas históricos -que, por supuesto, tienen consecuencias vitales muy vívidas y concretas sin dejar por ello de ser históricos- se resuelven a golpe de haschtags y de microdialécticas en redes sociales, sin reparar ya en que tras ello – la denominació misma de hashtag es un buen ejemplo- se agazapa toda una concepción tecnologizada del mundo con consecuencias no poco violentas sobre nuestras vidas. Toda la compleja relación sociocultural que se ha desarrollado entre hombres y mujeres a lo largo del tiempo y del espacio, y que ha dejado un buen conjunto de fantásticas obras dentro de la tradición feminista – desde la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft, hasta la Política sexual de Kate Millet, entre otras muchas- queda acallada en este nuevo marco y reducida a los escombros retóricos de #MeToo o a la algarabía ante los 280 caracteres de Twitter, como si en ellos se cifrase el más alto y elaborado disfrute de la libertad de expresión.

En segundo lugar, me llama la atención que se observe tan poco la íntima contradicción que existe entre una supuesta liberación de la vida y de la acciones de las mujeres y la férrea disciplina adaptativa que se impone a todo discurso que no pase por los nuevos medios digitales de comunicación o a través de los relatos impuestos por los medios de comunicación más tradicionales. Esa disciplina, que asume sin crítica alguna la idoneidad de estos medios y de sus tiempos, margina, ataca y destruye asimismo todo discurso que intente introducir algo de reflexión, de temperancia y de análisis en el debate. Solo porque esos otros discursos obligan a introducir un tiempo distinto que se arriesga a paralizar momentáneamente el activismo -que no la acción-, algo que no pueden soportar plataformas que han nacido y sobreviven justamente gracias a dichos medios y al activismo que ofrecen como única traducción posible de la acción más meditada.

Un ejemplo de esto último lo hemos conocido estos días a raíz de un conjunto de declaraciones y posicionamientos de la escritora Barbara Atwood al respecto del nuevo feminismo y de campañas como la de #MeToo. En diversos momentos, recogidos por los medios, la escritora de 78 años expresó sus reservas al respecto de un feminismo que quiere siempre tener la razón independientemente del contexto2 y mostró su desacuerdo por la manera como la Universidad de British Columbia había conducido las investigaciones y expulsado a uno de sus profesores, acusado de agresión (sexual assault) y de acoso (sexual harassment) por varias alumnas3. Estas manifestaciones públicas le han valido una airada respuesta en redes sociales, por parte de cierto sector feminista, a lo cual la escritora ha respondido abandonando finalmente su cuenta de Twitter con un mensaje irónico no exento de cierta tristeza: Tomo un respiro de mi naturaleza de Diosa del Ser Supremo, omniscient, omnipotente y responsable de todos los males. Siento haber fallado tanto respecto a la igualdad de géneros. ¿Tal vez será mejor que deje de intentarlo? Será para más tarde. En la próxima reencarnación, quizá4. En un artículo de opinión anterior, titulado Am I a bad feminist? (¿Soy una mala feminista?)5 y publicado el 13 de enero, la curtida escritora canadiense sostenía que el grupo #MeToo es un síntoma de la ruptura de todo un sistema legal cuyas instituciones no cumplen con lo esperado y se preguntaba qué se podría poner en su lugar. La posibilidad de estos nuevos movimientos en red no parecen sustitutos adecuados, pues sus características nos exponen al riesgo de caer en un sistema de ajusticiamiento popular y sumario, algo que ya ha conocido la humanidad en otros momentos terribles de su historia, dentro de los cuales Margaret Atwood citaba en su artículo los casos de la Francia jacobina, del Stalinismo, la Guardia Roja China o la dictadura militar argentina.

Por las mismas fechas un manifiesto aparecido en el periódico Le Monde y firmado por cien artistas francesas había alborotado igualmente el avispero. A pesar de que alguna de las opiniones personales de las firmantes puedan considerarse gratuitas y fuera de lugar, como la que la escritora Catherine Millet dedica al tema de la violación6; sin embargo, el contenido del manifiesto, cuya argumento central plantea la distinción entre comportamiento molesto (donde se incluiría la importunación de algunos hombres) y delito, so pena de caer en el más rancio puritanismo, no parece ser una idea a desechar; sobre todo, si tenemos presente que semejante identificación ha llevado ya a denunciar obras de artistas como Egon Shiele, Balthus o Michelangelo Antonioni, entre otros, o a estrenar una facilona Carmen en La Scala de Milán, donde es la buena española la que acaba matando al cerdo7 francés.

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Carteles censurados de una imagen de Egon Schiele, y con el siguiente mensaje: “Con 100 años de antigüedad, pero todavía resulta demasiado atrevido para que lo mostremos”. Imágenes de este genial artista fueron recientemente censuradas en espacios publicitarios de Alemania, Inglaterra y Austria, negándose a exhibir genitales en púbico. Curiosa moralidad en una época de absoluta liberalización del vídeo violento y porno de producción autónoma. El arte se ha convertido en escándalo. La transparencia del mal reina como único deseo del bien.

Contraria, sin embargo, a este manifiesto, se ha expresado la historiadora del feminismo Christiane Bard en una entrevista publicada también por Le Monde, en la que sostiene que no hay nada en él que difiera de otras opiniones del anti-feminismo clásico, enarboladas desde el siglo XIX, y basadas en una “acusación de censura, de atendado contra la libertad sexual, de odio a los hombres y a la sexualidad, de victimización de las mujeres, sin olvidar la acusación de totalitarismo”8. Se echan en falta detalles y ejemplos que puedan confirmar o desmentir esta afirmación, de la misma manera que sería interesante someter al mismo tipo de criba los discursos feministas actuales, haciendo ver, entre otras cosas, su controvertida construcción de la sexualidad como una deconstrucción de lo natural. Sobre esto, la misma historiadora añade: “las feministas consideran, al contrario, que es la cultura la que moldea nuestros comportamientos sexuales y que, por lo tanto, es posible actuar sobre las mentalidades”9

La dualidad entre naturaleza y cultura, de tan viejo cuño y tan significativa para la mirada antropológica, se deja oír aquí. Traigo a la memoria el artículo pionero en antropología social de Sherry Ortner, publicado en 1974, bajo el título de ¿Es la mujer al hombre lo que la naturaleza es a la cultura? (Is Female to Male as Nature Is to Culture?)10. Este texto clásico de la antropología feminista planteaba el problema de la desvalorización universal de la mujer como una consecuencia derivada de su identificación con la naturaleza y, por lo tanto, con esa dimensión que la cultura occidental ha intentado doblegar desde la Modernidad. Convencidas de que solo la cultura modifica lo sexual, muchas feministas han retomado y recrudecido -o, más bien, recocido11– una idea que aleja lo sexual de lo natural y lo sumerge por completo en las relaciones culturales de lenguaje y de poder que mantienen las duplas cromosómicas XX y XY, dentro del género compartido homo. Desde Sherry Ortner hasta el Manifiesto Contrasexual de Beatriz Preciado pueden percibirse, desde luego, inquietudes comunes, pero asimismo cambios cualitativos muy importantes. El simple exilio de toda dimensión natural dentro de la materia sexual no parece, hasta la fecha, haber arrojado algo más de luz y de conocimiento antropológicos; sino, más bien, a través de una ampliación de la discusión hacia otros espacios (como el de los estudios sobre transgénero), habernos llevado a un estado de la cuestión plagado de tanta bibliografía como de incertidumbre y aturdimiento, en el que la confusión lúdica y acrítica de conceptos tales como el sexo, el género, la producción, el juego, los sentimientos, la subjetividad y el capitalismo, entre otros, nos han dejado variados discursos de libertad que coinciden con otras tantas experiencias de aislamiento y desesperación.

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Egon Schiele. Mujer sentada con la rodilla izquierda levantada (1917)

Introducir un capítulo de discusión acerca de la naturaleza o de la falsa naturaleza de la sexualidad humana no significa beneficiar el lado más favorecido por la eficaz manipulación del binomio natural-cultural – lado que, históricamente, ha correspondido a los hombres-, sino enmarcar el tema en el contexto de una teoría compleja del sexo que incluya la relación dialéctica y de contagio mutuo que se produce entre ambas dimensiones de la experiencia humana (aquella más cercana a consideraciones biológicas, etológicas y paleoantropológicas, y aquella otra centrada en el nivel lingüístico y simbólico del ser humano). Solo reconociendo una relación tal y trabajando en y por su comprensión podremos, a su vez, entender mejor los mecanismos seguidos por el poder de los hombres en sus falsas naturalizaciones. Pero, igualmente, eso debiera servirnos para evitar que algunas mujeres caigan en el reverso fascinante de esa misma falsificación, haciéndonos pasar de una falsedad androcéntrica a otra ginocéntrica. Este parece, en cambio, ser el rumbo que han emprendido algunos colectivos feministas que, apoyándose en la rapidez y penetración de Internet, buscan reafirmar sus posiciones de poder frente a los hombres (tomados, así, como grupo abstracto) y frente a cualquier mujer que se muestre reacia a aceptar sin más sus puntos de vista.

Pero hay en esta apelación a la adhesión obligatoria, cuyo rechazo comporta penas de exclusión y acusaciones de traición, algo ya visto en otros fenómenos recientes de movilización social y de expresión colectiva. Las movilizaciones francesas bajo el lema Je suis Charlie, posteriores al asesinato de los dibujantes de la publicación satírica Charly Hebdo, y cuyos mensajes se propagaron rápidamente a través de las redes sociales, dejaron un poderoso testimonio de este mismo procedimiento. En ese momento, afirmar que uno no era Charly era una actitud que abocaba, casi irremediablemente, a la sospecha social. Posicionarse al margen de aquel eslogan y de su mensaje directo o criticar el mal gusto de las viñetas de la publicación semanal suponía, entre otras cosas, atacar la libertad de expresión -representada por la propia revista-, hacer una enmienda a la totalidad terrorista y paralizar un movimiento de identificación grupal en base a la frivolidad de una reflexión desapasionada. Aunque hubo algunas reservas al respecto de este actuar en caliente, -incluso el mediático Michel Onffray reivindicaba un análisis de los acontecimientos con distancia crítica12-, lo cierto es que la ola general empujaba hacia una toma de partido tajante: o acatar la identificación con Charly o aceptar el ostracismo.

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Balthus. Teresa soñando (1938). Este cuadro fue el centro de una polémica social que pidió su retirada por incitar a la pedofilia. Algunos museos cancelaron sus exposiciones, mientras que otros se negaron a hacerlo. ¿Y por qué no quemar el Cantar de los Cantares o encerrar a quien se atreva a leerlo públicamente?

Una situación análoga se reproduce ahora en la instrumentalización política que cierta parte del feminismo hace de la violencia contra las mujeres, y en las respuestas que esta produce. La aceleración de los mensajes transmitidos por Internet crea la misma urgencia de adhesión unilateral que provocó el Je suis Charly y relega a una especie de tribunal neoinquisitorial todo juicio heterodoxo. La necesidad de producir una reacción contundente que remueva la sociedad, ante la escalada de la violencia ejercida por los hombres, se presenta, en este sentido, como el justificante de un imperativo moral que anula cualquier otra consideración. No obstante, me pregunto qué haremos entonces con el testimonio de todos aquellos que decidieron reflexionar pausadamente sobre la guerra, estando ellos mismos en medio de una13. Tal vez no faltará quien defienda que nunca existieron o que es mejor ocultar su existencia para no pervertir los motivos de la movilización social furiosa e irreflexiva. De la misma manera, ¿qué hacer con quienes pretenden reflexionar ahora, amplia y detalladamente, sobre la violencia contra las mujeres en nuestro presente, en medio, también ellas, de un contexto de violencia? Ante la imposibilidad, en este caso, de negar su existencia, vemos que todas las fuerzas se concentran en ocultar la pertinencia de sus aportaciones. Y al no ser pertinentes, inmediatamente se tornan impertinentes.

Hay, a mi juicio, tres dimensiones esenciales en el problema de la violencia de género actual, que se corresponden, a su vez, con tres temporalidades diferentes: una dimensión mediática, una dimensión legal y una dimensión educativa. La dimensión mediática, de la cual depende en gran medida esta sensación de vivir en el peor de los mundos, y de la que deriva una imagen espectacular y espectacularmente intensificada de la violencia contra la mujer, es hoy por hoy la única que determina el pulso de la actualidad y el ritmo al que debe adaptarse el pensamiento políticamente correcto. Al igual que ocurre con el suicidio -del que, por cierto, casi nadie habla en los medios desde hace años-, la violencia de género mediática ha optado por una presentación estadística del fenómeno -a la par que escabrosa- que hace hincapié una y otra vez en el número de muertes periódicas -mensuales o anuales-. Esta forma de presentación, enormemente eficaz desde el punto de vista de los medios, es socialmente peligrosa, pues puede llevar a la toma de conciencia de que, en términos relativos, no son tantos los muertos como para generar una alarma social del tamaño de una pandemia. Y, sin embargo, ¿es correcto tratar un drama semejante haciendo sumas y restas? ¿No es ya la muerte de una sola mujer, en términos absolutos, tan trágica como lo es un solo suicidio, en los mismos términos? Desde luego, no es la perspectiva mediática, por hegemónica que esta sea en nuestros días, la adecuada para llevar adelante una reflexión y unas acciones que respondan a estas preguntas y que comprometan ética y transformación social. De su distorsionada e interesada acción -siendo esto último silenciado- se desprende una visibilidad extrema que lo mezcla todo y que acaban dando falaces argumentos a reacciones sociales que meten en el mismo saco la mutilación genital femenina, una violación, el acoso y un cumplido desafortunado.

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El Greco. San Sebastián (1610-1614 ca). Aquí tenemos un exponente de la genialidad del artista griego. En él la truculencia se funde con el erotismo de un cuerpo masculino atormentado. ¿Hay que prohibirlo como si fuera un alegato a la tortura y a la violencia? Quien censura el arte, en lugar de reflexionar sobre su cometido en la lucha con nuestros demonios, resulta mucho más peligroso que el mal que dice combatir. La censura artística siempre es la forma más sincera de la  virtud más falsa

 

 

Por su parte, la dimensión legal, de cuya ruptura hablaba Margaret Atwood en su artículo de opinión, atañe a todos los aspectos de la norma y a las modificaciones de la misma que deben garantizar el cumplimiento de las leyes y el acceso igualitario a los derechos básicos de todo ser humano en su acceso a una vida plena. Esos cometidos de la dimensión legal cuentan con un tiempo mucho más lento que el mediático, lo cual puede ser padecido a veces como una excesiva demora rayana, incluso, en la ineficacia. En este punto, urgen mejoras en materia de la protección de mujeres maltratadas, endureciendo las penas y su estricto cumplimiento e impidiendo por todos los medios posibles que la mujer corra riesgos vitales antes del pronunciamiento de una sentencia. Igualmente, hay que evitar que, una vez emitida, aquella siga estando en peligro de vejación o de muerte. La lentitud, pues, del proceso legal, no debe traducirse, antes, durante o después del mismo, en un abandono de la víctima. Ahora bien, ni el endurecimiento de las penas ni la extrema vigilancia del cumplimiento de las medidas cautelares deben empujar al poder judicial a imitar el ritmo del poder mediático y su lógica de espectacularidad. Sus tiempos son y deben seguir siendo diferentes.

En tercer lugar, el nivel educativo supone el tiempo más lento de los tres niveles que menciono y, no obstante, atesora el potencial de las transformaciones más duraderas, al tiempo que conlleva el peligro de los resultados más trágicos a mediano y largo plazo. Esta doble faceta de la educación, poderosa y a la vez de extrema fragilidad, debiera hacernos tomar conciencia de su importancia y provocar reacciones decididas ante su rápido desangramiento a merced de una sociedad que basa su continuidad en la rapidez extrema de los intercambios, en la búsqueda a cualquier precio del beneficio económico y en un complejo entramado de hipervínculos, imágenes e individuos aislados. Ni la educación tiene nada que ver con la hipervisibilidad tecnológica, ni con el provecho utilitario del aquí y ahora. Socialmente, no se educa a alguien de hoy para mañana, sino de hoy para los próximos veinte años. Perder esta referencia temporal, insólita en los tiempos de las Tecnologías de Información y Comunicación, implica poner en riesgo a toda sociedad globalizada durante varias décadas.

¿Es posible educar sobre el tema de la violencia, en general, y de la violencia contra las mujeres, en particular, mezclando estos tres niveles sin criterio alguno y haciendo que la ley siga a los medios y que estos invadan la vida cotidiana de las instituciones educativas? No. A pesar de lo cual, esa parece ser la consigna y, al mismo tiempo, el más terrible error que estamos cometiendo. No se debe formar a nadie que despierte a los conocimientos y problemas del mundo, (in)formándole a través de las descontroladas imágenes difundidas por el espacio virtual y compartidas por medio de móviles y tabletas. Igualmente, no se puede esperar un gran pensamiento -ni feminista, ni de cualquier otra clase- canalizado por medio de hashtags, expresado en una dialéctica de 280 caracteres o decidiendo previamente lo que se puede decir y cómo ha de decirse. Estoy de acuerdo con la idea freudiana según la cual la represión solo provoca el regreso de lo reprimido bajo la forma del síntoma y, siguiendo esta tesis, ni el apartamiento sumario de la violencia, ni la censura de interpretaciones incómodas respecto a la violencia entre hombres y mujeres, ni la imposición de los mensajes claros y distintos por parte de la dictadura comunicativa de las redes, acabará con ninguna de estas manifestaciones. Al contrario, solo provocará a la postre más malestar y violencia.

La estructuración de una violencia universal manipulada por el hombre -tesis defendida por Sherry Ortner en el texto citado- no parece ofrecer demasiadas dudas. Dicha violencia ha generado símbolos, representaciones y habitus -como diría el sociólogo Pierre Bourdieu-. Pero una visión tan general corre el riesgo de convertirse en una mirada totalizadora, simplista y, a la postre, errada de nuestra historia en el mundo. La relación dialéctica entre hombres y mujeres ha llenado el campo cultural de matices que hacen que no puedan verse siempre de forma tan clara los símbolos, representaciones y habitus del patriarcado. El mito de la belleza14, por ejemplo, no es un descubrimiento de la feminista Naomi Watts, por más que esta haya intitulado así su famoso libro de 1990, sino que es un relato que nos transporta hacia una reflexión desexualizada en la que la belleza, expresada en palabras del filósofo Hans-George Gadamer, pueda ser vista como la evocación esperanzada “de un orden íntegro todavía posible”15, y no necesariamente como una construcción ideológica de la dominación masculina. Que esa belleza y su esperanza puedan ser asimiladas a veces a un principio femenino -no forzosamente identificado con un ser de cromosomas XX- o a la contemplación contingente de un sexo singular, es ya un asunto que alimenta la meditación de los poetas y las poetisas. Me cuesta, no obstante, ver en el deslumbramiento poético por una belleza personificada una vía de sentido único hacia el patriarcado, al igual que no consigo tomar un soneto de Petrarca por una de las máscaras del machismo.

Relacionar, de pronto, toda violencia con el patriarcado es la manera más segura de producir mucho ruido mediático, sin provocar transformación educativa y social alguna. Empezar a meter tijeretazos en pinacotecas, óperas y bibliotecas solo puede conducirnos, como especie, a las tinieblas de la ignorancia y del fanatismo más orgulloso. No creo que debamos arremeter contra el arte desde criterios ajenos a lo estético, pues nos exponemos a eliminar la reflexión mediadora y sublimada de la creación artística y darnos de bruces directamente con la realidad más violentamente desnudada. Por último, ofrecer una única propuesta hegemónica de feminismo, instalada en una lógica de guerra, es también la manera más garantizada de promover una historia de violencia en la que solo se cambia de rol -como la Carmen de Milán-, pero no de argumento.

Sin duda, la violencia del hombre ha dejado una huella perversa en la historia humana, pero la perversidad -en el sentido etimológico de tornar algo o a alguien del revés- del feminismo.net consiste en proponer ahora un nuevo punto de partida -protagonizado esta vez por mujeres- para realizar la misma truculenta historia de abusos e injusticias. Lo que comenzó como una agresión de machos en el paleolítico y se consolidó en el neolítico, ahora se pretende que continúe como un nuevo reino de vengadoras en la era del antropoceno. ¿Qué beneficio nos espera en un mundo así, regido por la sospecha y la guerra constantes?

Sabemos que el perdón no es olvido, pero olvidamos a menudo que el pensamiento tampoco implica necesariamente el perdón. Pero si el “tout comprendre, c’est tout pardonner” parece un desafío demasiado alejado de nuestras posibilidades habituales, no por ello niega el hecho de que solo por medio de cierta comprensión lenta de los fenómenos -la violencia incluida- podemos guardar la esperanza de aprender a tener cada vez menos cosas que perdonar y por las que ser perdonados. Pero eso es un horizonte para el todavía más lento proceso educativo; no para el comercio mediático, el oportunismo de ciertos movimientos sociales o el resentimiento intraespecie. Con eso no hacemos sino profundizar más en los mismos rasgos del genocidio.

1Llamo así a ese nuevo feminismo radical que se extiende viralmente por medio de Internet

4 El mensaje original de la escritora en Twitter reza: Taking a break from being Supreme Being Goddess, omniscient, omnipotent, and responsible for all ills. Sorry I have failed theworld so far on gender equality. Maybe stop trying? Will be back later. Next incarnation, maybe.

6Puede consultarse la entrevista completa a Catherine Millet en: https://elpais.com/cultura/2018/01/12/actualidad/1515761428_968192.html (Consultado el 13 de enero de 2018)

7Recordemos aquí la campaña de octubre de 2017 de las feministas francesas, #balance ton porc, cuya traducción castellana nos trae la imagen de alguien a quien arrojamos al aire para que sea visto por todo el mundo. En este manteo, que nos entrega la figura de Sancho Panza en el Quijote, hay, además de la denuncia, una búsqueda de vengar el daño por medio de la humillación pública.

8El enunciado completo en francés es (la parte traducida aparece subrayada): “Cette tribune est l’expression d’un antiféminisme et d’un contre-mouvement. Elle reprend les arguments classiques, déjà présents au XIXe siècle, de la rhétorique antiféministe : l’accusation de censure, d’atteinte à la liberté sexuelle, de haine des hommes et de la sexualité, de victimisation des femmes, sans oublier l’accusation de totalitarisme” en: http://www.lemonde.fr/societe/article/2018/01/11/la-tribune-signee-par-deneuve-est-l-expression-d-un-antifeminisme_5240249_3224.html (Consultado el 20 de enero de 2018)

9En el original: Les féministes considèrent au contraire que c’est la culture qui façonne nos comportements sexuels, et qu’il est donc possible d’agir sur les mentalités en: íbidem.

10Nótese que en la traducción se pierde el valor connotativo de la diferencia entre la dupla mujer/hombre y esa otra construida en base a la oposición female/male, guardando esta última un matiz mucho más ligado a un aspecto de animalidad y de especie.

11Esta alusión recoge la diferencia entre lo natural y lo cultural, bajo el enfoque semiológico de Lévi-Strauss en su distinción entre lo crudo y lo cocido.

12Pueden escucharse al respecto, los primeros minutos de una entrevista a Michel Onffray, en: https://www.youtube.com/watch?v=cfjlOIk5DSE

13Basta pensar en todos los pensadores y escritores de origen judío que lograron reflexionar en tiempos de oscuridad, por utilizar la hermosa metáfora de quien fue una de ellos: la pensadora Hannah Arendt.

14Véase el libro de Naomi Wolf (1990) The beauty myth. Chato and Windus. Puede consultarse la segunda edición de 2002, en línea, en: http://www.alaalsayid.com/ebooks/The-Beauty-Myth-Naomi-Wolf.pdf

15Hans-George Gadamer (1991). La actualidad de lo bello. Paidós. Barcelona.

 

 

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