Lugareñismo, soberanía y libertad

El hombre está unido a un lugar. A partir de esa unión, el lugar se convierte en un hogar que cobija un despliegue simbólico y vital. Sin embargo, ¿cómo hacer que esa noción antropológica del lugar conviva con un proyecto político de mayores dimensiones y no se convierta en lugareñismo necio, hostil y hasta criminal? Al menos la aventura del pensamiento europeo ha enmarcado sus tentativas de respuesta en la organización de los asuntos de la polis a través de la política y de la libertad a través de las leyes. Queda, por supuesto, abierta la cuestión de la diferencia entre la norma (ius) y la ley (lex), que aparece refrendada por el derecho romano, por no hablar de la polémica, siempre fecunda y necesaria, entre la ley y lo justo, que tan bien retratada aparece en la tradición trágica griega (como puede verse en Antígona, por ejemplo) o en la tradición filosófica inaugurada por Sócrates. No obstante, con todo y eso, queda también suficientemente expresado en el devenir histórico y político europeo, al menos en lo que a las ideas se refiere, que la libertad no se ha pensado más allá de lo que esa libertad logra constituir, soberanamente, como institución e imperio, es decir, poder. El imperium, comprendido en el sentido romano de poder, ha de ser interpretado aquí como el poder necesario para hacer valer esa libertad soberana. Ahora bien, ¿en qué contexto se da esa soberanía?

Como es sabido, las ideas modernas de Estado y soberanía nacen unidas y, a partir de ese momento, toda discusión acerca de la legitimidad del Estado (o de la República, como aún aparece en el precursor Jean Bodin) no puede independizarse de una alusión a la soberanía legítima en el curso de las decisiones acerca del rumbo de dicho Estado. Aquí la idea, hay que apresurarse a decirlo, no corre ya paralela a la noción de lugar, sino a una noción de proyecto y libertad políticas que creen un marco de instituciones y que, a través de ellas, favorezcan la trascendencia de ese lugar originario, ofreciendo un horizonte de derechos y posibilidades más amplios -al menos, en teoría. La institución fundacional -y fundamental- de este proyecto, con la que comparte además etimología, es la Constitución, a partir de la cual queda expresado el contexto primero y más importante en relación a la definición y protección de la soberanía, de las leyes y de la libertad. ¿Qué papel juega aquí ese lugar original al que aludí al comienzo? ¿Cómo pueden plantearse dos fundaciones simultáneas: la del lugar y la de la constitución? La tesis que defiendo es que, mientras la fundación del lugar apela al origen étnico y no deliberado -con los flirteos biologicistas que ello comporta- la constitución expresa una fundación deliberada, artificial y libre. Claro está que, al igual que el lugar, lo constituido crea un límite -en el sentido, una vez más, antropológico del concepto-, pero el límite creado por lo constituido, repito, no se origina en una inscripción no elegida, sino en un proyecto de libertad política que solo podrá darse -y esto es crucial- en un determinado territorio amparado por dicha constitución y dicho límite. Se puede decir, pues, que lo constituido traza dos límites; por un lado, un límite territorial y físico, bajo el cual se justifique el alcance jurídico de la constitución; y por otro lado, un límite interno según el cual la constitución es la única condición legítima para plantear la disolución de lo constituido.

El conflicto entre España y Cataluña hay que situarlo en el marco de estas dos clases de fundación históricas, y no como un mero asunto de actualidad, tal y como las empresas mediáticas lo han presentado hasta convertirlo en una perorata cansina de políticos taimados, sinvergüenzas y profunda y escandalosamente ignorantes. Teniendo en cuenta, por lo tanto, lo que he planteado al respecto de las dos fundaciones, no cabe duda de que Cataluña aparece volcada en la fundación originaria -y no deliberada- del lugar, mientras que España lo hace del lado de la constitución política de un Estado. Ahora bien, ¿por qué Cataluña no puede constituir ella misma un Estado independiente al margen de España? No se trata de que no pueda, sino de que en su realidad jurídica presente no cuenta con las instituciones políticas que se lo permitan, precisamente, porque Cataluña aparece incluida dentro de la soberanía de todo el territorio y el pueblo español. Cataluña, hasta la fecha, es España de forma constitucional, institucional y objetiva. Constitucional porque su porción de soberanía surge de la soberanía de la nación española; institucional porque vive mayoritariamente del dinero suministrado por el Estado español; objetiva, porque no puede verse vinculada por las múltiples subjetividades de cada sentimentalidad lugareñista, sino solo por las disposiciones marcadas por el texto constitucional.

Con respecto a la nación española, hay que aclarar rápidamente que no se trata aquí de sustituir un lugareñismo por otro de mayor alcance geográfico, sino de recordar algo tan básico como increíblemente olvidado: la soberanía. No hay Estado sin soberanía y no puede haber nación políticamente viva sin Estado, dado que sin él la nación es inerte y se reduce a un conjunto de nacidos en un determinado lugar. En este punto la nación no está todavía lejos del lugar y de lo étnico, o lo que es igual, del pueblo ligado a la tierra, al parentesco y a la costumbre. Pero cuando la constitución se refiere a la soberanía nacional, como residente en el pueblo español, está aludiendo ya a una idea de nación diferente, no reducible simplemente a los nacidos en un lugar, sino a una nación política, dotada de Estado y de eficacia jurídica a la hora de garantizar las libertades y el cumplimiento de las reglas fundacionales. Dicho sumariamente: Cataluña puede ser vista como nación histórica, pero desde que el propio territorio de la romana Hispania se definió como nación política en el siglo XIX, Cataluña no ha sido jamás una nación política independiente ni ha contado con Estado alguno. Su estatuto de autonomía -como todos los demás- ha dependido del estado y de la nación política española; su economía pública ha dependido de la administración general del estado y de la nación política española y hasta sus pataleos han dependido de lo que, en cada momento, les ha permitido el estado y la nación política española. Por desgracia, el pataleo, a fuer de tibieza y de subjetivismo intranscendental se ha convertido en sedición, fundamentalismo y conveniencia. Es realmente irritante pensar que las estrambóticas ideas y prédicas de Cucurull, según las cuales a América le dio nombre un catalán, Tartessos estaba en Cataluña o el Quijote fue primeramente escrito en catalán, hayan podido obtener indirectamente dinero público español. Pero es igualmente irritante escuchar las declaraciones de políticos que aluden a un ensanchamiento del espíritu democrático o a la escasez de garantías para permitir o no el referendo catalán. ¿De qué anchura democrática están hablando si de lo que se trata, precisamente, es de que un reducido grupo de la élite separatista ha conseguido embaucar a un número suficiente de crédulos para evitar que la ancha soberanía -que es, insisto, la del pueblo español- se exprese? ¿A qué garantías se refieren si la única garantía a la libertad común -la Constitución- esta siendo retada en sus artículos preliminares?

Es absolutamente despreciable este gobierno, en sus ideas y en lo que han sido sus acciones hasta la fecha, las cuales han sido duras con los débiles -ahí está aún vigente la ignominiosa Ley Mordaza- y son ahora cobardes con los levantiscos. Pero no lo son menos estos nuevos políticos de mi propia generación, que bajo una retórica à la mode de lo políticamente correcto, canalizan sus ansias de poder, sus lecturas estancadas y su falta de orgullo intelectual a la hora de decir una cosa y la contraria en función de las variaciones bursátiles del valor-voto y del pronóstico de ventaja personal. Hay que insistir una y otra vez en que no se trata de dar rienda suelta al sentimentalismo de cada cual -ni fanáticos catalanistas, ni carpetovetónicos españolistas- como tampoco de incurrir en demagógicos ejercicios de diálogos absurdos que preguntan en castellano y responden en catalán. La ley puede no ser justa y entonces nos pondremos del lado de Antígona y de Sócrates para combatirla. Pero recordemos que ambos, en la trágica ficción una y en la trágica realidad el otro, pusieron su vida en juego y no la amancebaron bajo el cálido proteccionismo de un escaño en el congreso o en el parlamento catalán. La élite solo mira a la élite y no mira jamás a los que, como Antígona o Sócrates, se juegan literalmente el pellejo para desenmascarar la injusticia. Ellos están al otro lado. Todo este asunto del sempiterno conflicto catalán resulta tanto más irritante, cuanto menos se denuncia que no hay ideal de libertad, ni de justicia detrás, sino de lugareñismo, desprecio por el otro y proselitismo. Por desgracia, tanto daño ha causado a la nación política española el misticismo del nacionalismo franquista, que casi nadie observa que lo que ocurre en Cataluña es el regreso travestido de toda aquella venenosa mitología. Nuevamente, parafraseando al sociólogo y antropólogo Marcel Mauss, volvemos a pagarnos con la falsa moneda de nuestro sueño. Frente al falsificador solo cabe la fuerza decidida y sin complejos de la ley, hasta que llegue otra Antígona u otro Sócrates que demuestren, con las leyes de la ciudad en la mano, que esas leyes no son justas y que deben ser cambiadas. Pero, para ser libre, es toda Atenas la que debe verlo y pronunciarse.

Adiós, nunca adiós en el adiós

 

…sin olvidar tampoco tu canción

ni la lluvia sin piedad de lo que

nos sangró aquel oscuro día

nos fuimos llorando la tormenta

tu soledad y la mía

recorriendo desde entonces la herida

de nuestro desolado corazón

La espera sangraría

No hay tiempo para el tiempo

cuando no es tiempo de perdón

y ahora

me hiere la canción

y el recuerdo de aquel meñique tuyo

contra mi meñique -¿te acuerdas todavía?-

y tus sonrisas que no sé olvidar

y pensar que también fue hermoso

el fulgor de nuestra vida juntos

antes de la destrucción

ahora vuelvo a despedirme

inútilmente

de ti

que ya estarás

nuevamente instalada

en tu fiel odio hacia mí

y yo ya no querré

defenderme más

porque sé que te quise

pero no supe

porque sé que te quiero,

pero no basta

porque otra vez

te digo adiós

te digo adiós

será mejor

pero nunca

adiós

amor

en el adiós…

 

 

 

 

No hay gozo en el uso de la tecnología, por más que se confunda en algunos casos el gozo con una cierta excitación. El gozo, como el placer, provienen de experiencias profundas de “pensamiento encarnado” -ni intelectualismo puro y estéril, ni sensación vacía y muda-. La tecnología, al agotarse en el consumo de una utilidad o de una aplicación, cierra por completo el acceso a ese gozo o placer, los cuales, de alguna manera, tienen su horizonte ideal en la plenitud. El triunfo de la mirada del gozo (placer) es la plenitud. El de la tecnología, es la totalidad.