Los enemigos de las humanidades

En los últimos años, nos hemos acostumbrado a oír hablar en España y en otros países de la crisis de las humanidades. No obstante, poca o nula repercusión mediática tienen las discusiones que abordan sus causas y alertan sobre sus graves consecuencias. Ese silencio no es representativo de las fuentes -libros, artículos, conferencias- que se han ocupado del tema y que se vienen acumulando desde hace más de cuarenta años; sin embargo, es representativo de unas agendas diarias de la información centradas mayoritariamente en la economía, la política y el entretenimiento.

En un contexto de crisis económica no parece que el malestar de unos determinados estudios universitarios merezca demasiada atención. Esta indiferencia olvida que las humanidades no vienen representadas por un cierto número de asignaturas -ese asignaturismo que tanto deploraba Miguel de Unamuno en su gran ensayo, De la enseñanza superior en España-, sino por un tipo de discurso único y un saber sistemático relativo a la comunidad de lo humano. Por todo ello, su crisis evidencia un problema mucho más profundo que afecta a la universidad como institución cultural, al papel de educación en las democracias globalizadas y al tipo de sociedad humana en la que nos gustaría vivir. Paralelamente a ella, avanza el progresivo derrumbe de la vida espiritual de nuestras sociedades. De ahí que hablar de una crisis sectorial o nacional sea insuficiente. En su lugar, lo que vemos hoy es una crisis planetaria e integral de las grandes concepciones que comprometen nuestra relación con la alteridad, con el tiempo y con el sentido, así como una transformación consecuente de los grandes espacios vitales en los que los seres humanos construimos nuestros proyectos de vida; espacios tales como la política, el derecho, la historia, el arte y el conocimiento.

En un artículo aparecido en la prensa española1, el año pasado, su autor ilustra el deterioro de las humanidades, criticando la decisión de la Facultad de Humanidades (Universidad de A Coruña) de crear un nuevo grado semipresencial de humanidades, que combinará con asignaturas de la Escuela de Turismo, a fin de “intercambiar clases y prácticas en empresas”.2 La noticia, sostiene el autor, muestra la desorientación de los responsables universitarios y desvela los pasos seguidos por una universidad que camina hacia la rentabilidad y no hacia la formación de una verdadera ciudadanía. A este caso, nosotros podemos añadir el del Master Humanités et Management, ofertado por la Universidad de París X3, que pone sobre la mesa el marco ideológico que está operando detrás de toda la reforma educativa actual y que queda resumido en el New Public Management4. Como respuesta a esta situación, el autor del artículo defiende una formación básica en humanidades que debería cursar todo estudiante universitario durante un año, con independencia de los estudios que realice. Esta propuesta resulta interesante pues, aunque el autor no lo mencione, recupera, en cierta forma, la antigua experiencia medieval de la Facultad de Artes, cuyo currículo era común a todos los universitarios.

La referencia a la antigua experiencia fundacional de la universidad medieval puede ayudarnos a reflexionar críticamente acerca de la situación que atraviesa la nueva universidad contemporánea. No se trata, en ningún caso, de reproducir métodos que tuvieron su razón de ser en un contexto histórico muy diferente al nuestro, sino de buscar inspiración en antiguos caminos del saber y de la enseñanza que fueron fundamentales para todo lo que vino después. En este sentido, la universidad medieval, más allá de sus sombras -que las tuvo- marcó, al menos, tres hitos que todavía nos dan qué pensar actualmente en materia educativa5. En primer lugar, fundó una comunidad del saber en la que la unión de maestros y alumnos iba más allá de los meros conocimientos y solo tenía sentido en la experiencia de una verdadera vida en común. En segundo lugar, orientó la educación desde un punto de vista orgánico, reconociendo capacidades esenciales-retóricas, numéricas y artísticas- que debía poseer todo estudiante universitario independientemente de su especialidad. Y, en tercer lugar, planteó una relación particularmente tensa con el poder. En base a estos tres horizontes de la universidad fundacional de la Edad Media, podemos establecer una comparación con algunos de los elementos que observamos en la universidad de nuestros días.

Frente a esa comunidad de vida de la antigua universidad, hoy se abre paso un camino de educación a distancia y virtual, que reduce la experiencia universitaria a una mera transmisión de información y la ajusta a criterios de rentabilidad, eficacia y adaptabilidad tecnológica. El caso citado en el artículo al que hemos hecho mención, con su referencia a las clases semipresenciales, ilustra bien esta tendencia. Por otro lado, ante la visión de una educación integral y orgánica, la universidad actual ha enfatizado la especialización hasta convertirla en la única defensa de la viabilidad de los estudios superiores. En esta línea debemos interpretar las declaraciones hechas por el Gobernador de Florida hace algunos años, en las que este defendía que la inversión en educación debía hacerse en “ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas”, y no en antropología6, como si las ciencias y las humanidades no estuviesen avocadas a conocerse, a dialogar y a complementarse. Por último, como correlato de las antiguas y complejas relaciones que la universidad medieval mantuvo con los poderes laicos y religiosos de su época, aparece la universidad actual entregándose a los poderes empresariales y mercantiles de la nuestra. Tales poderes no ven en la universidad más que un terreno del que extraer mano de obra cualificada, barata y reemplazable, según los criterios de flexibilidad laboral, y un espacio que dominar simbólicamente a través de promesas de triunfo económico y éxito social al que solo accederá, finalmente, una exigua minoría de sus estudiantes. Por lo tanto, no podemos dejar de responsabilizar a la propia universidad de la crisis de las humanidades, ni de la profunda crisis que ella misma vive en el desmantelamiento de la universitas, esto es: un espacio independiente reservado a la libertad plena del saber y del pensamiento. Pero, ¿es posible sostener que la crisis de las humanidades nace en gran medida de la crisis de la universidad? ¿Es legítimo defender la tesis de que, en última instancia, universidad y humanidades son lo mismo?

En una pequeña conferencia pronunciada en Estados Unidos y publicada en España bajo el título de Universidad sin condición7, el filósofo Jacques Derrida mantenía que el espacio de la actividad universitaria está fundado en una extrema incondicionalidad con respecto a toda clase de intereses que, en última instancia, amenazan con secuestrar la tarea del conocimiento y del saber. Dicha incondicionalidad le confiere a la universidad una soberanía insólita que convive con su derecho a cuestionarlo todo, incluso el principio histórico de soberanía, pues -cito a Derrida-: “la universidad debería, por lo tanto, ser también el lugar en que nada está resguardado de ser cuestionado, ni siquiera la figura actual y determinada de la democracia”. Las consecuencias que se extraen de este enunciado no son solo políticas, sino que también aclaran el vínculo tan estrecho que existe entre universidad y humanidades; pues, como añade Derrida: “Ese principio de incondicionalidad se presenta, en el origen y por excelencia, en las Humanidades”. Es en ellas donde la crítica se practicará como “una especie de principio de desobediencia civil, incluso de disidencia en nombre de una ley superior y de una justicia del pensamiento”.

Podemos percibir cómo la universidad actual se ha ido alejando de esta experiencia fundamental defendida por el pensador francés. Las tensiones que en otro tiempo se produjeron con el poder de reyes, papas y emperadores, hoy se producen en el contexto del mercado y de los enormes problemas que suscita el modelo de vida economicista impuesto por el capitalismo; pero, ante los desafíos de una situación semejante, la universidad y las humanidades universitarias parecen capitular y, antes que desobedecer y resistir críticamente, buscan extraños híbridos – humanidades con turismo o con recursos humanos y conversiones de todo tipo, con tal de satisfacer las exigencias de viabilidad educativa impuestas por los gobiernos. Lo que a una escala muy visible impone el sistema a la política económica global, a través de organizaciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, tiene su continuación en lo que, a una escala menos visible, aunque no menos trágica, obliga a reducir la formación y la vida misma a criterios de costo y beneficio, de inversión y utilidad. Que la educación, en este sentido, sirva para vivir mejor, sin que esta mejor vida tenga nada que ver con el poder adquisitivo, el consumo ostentoso o los privilegios mundanos del poder, es una idea que va quedando poco a poco relegada a los márgenes del discurso oficial, y es vista como una idea utópica, inútil y trasnochada.

Lo que queda claro, en cualquier caso, es que no existe crisis en las humanidades que no presuponga una crisis y una responsabilidad de toda la universidad, así como una pérdida de libertades individuales y colectivas. No solo en el fundamento de la universidad, sino en el de otras de nuestras más valiosas instituciones políticas y jurídicas, están las humanidades. El que la universidad pretenda mostrar las cosas de otra manera solo refleja el grado de descomposición de la institución universitaria, así como su complicidad con intereses ajenos por completo a sus antiguas y más valiosas virtudes. En un contexto tan adverso, la alegría de vivir pensando con rigor, defendida por las humanidades, deja a estas ante una delicada situación en la cual se perfila la dura decisión que tendrán que tomar en un futuro quizás no tan lejano: o bien continuar en la universidad a cualquier precio, o bien comenzar a ejercer su labor desde otros espacios que se creen a tales efectos -desde revistas, conferencias, editoriales y asociaciones sin ánimo de lucro, hasta Escuelas Independientes de Humanidades-. Sería dramático para le educación pública que las cosas llegasen hasta ese punto, pero aún sería peor continuar en el interior de una universidad condicional –en las antípodas de la elogiada por Derrida-, prisionera de las mismas condiciones que garantizan la supervivencia o la aniquilación de cualquier empresa privada.

Antes que nada, las humanidades deben resistir y permanecer fieles a ellas mismas. Toda crítica ejercida desde su interior es una crítica legítima y necesaria, pero que no las exime de esa mínima responsabilidad con su coherencia interna. Frente al asedio programado que sufren, ellas deben reafirmarse y continuar defendiendo la reflexión y el arte de vivir como algo que va mucho más allá de la conversación elegante. Su tradición no tiene nada que ver con una especie novedosa de management ilustrado. En el contexto de las sociedades capitalistas globales, las humanidades deben mantener su provocación y proporcionar un modelo integral y alternativo de vida libre, alejado de las órdenes del mercado y de todo intento de asimilación o de reducción de su labor a un papel decorativo. Ambos -las humanidades y los valores económicos actuales- son dos mundos opuestos e irreconciliables. De ahí que, con mucho acierto, el escritor y pensador español Ramón Andrés haya dicho, recientemente, que en el arrinconamiento de las humanidades ve “el avance del enemigo”8. El problema es que, desde hace ya algún tiempo, al enemigo lo tenemos en casa.

1Juan Manuel Escourido. “Humanidades obligatorias”, en: http://elpais.com/elpais/2016/09/19/opinion/1474287009_361916.html. Consultado el 10/10/2016.

4Puede leerse al respecto Christian Laval., et al. La nouvelle école capitaliste. La Découverte. París, 2012.

5Véase el clásico de Jacques Le Goff. Los intelectuales en la Edad Media. Gedisa. Barcelona, 1990.

6Daniel Lende. “Anthropology is not needed here”,Neuroanthropology, October 2011: http://blogs.plos.org/neuroanthropology/2011/10/11/florida-governor-anthropology-not-needed-here/. Consultado el 9/10/2016.

7Jacques Derrida.Universidad sin condición. Ed.Trotta. Madrid,.2002.

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