El expulsado

Tendría que haber en ti derecho a la usucapión,
pues tanto tiempo en tu pecho anduvieron mis manos,
que no es justo que ahora sean territorios vanos
aquellos donde antaño yo forjé tu ficción.

¿No te acuerdas cómo descifraba tus arcanos
y compartíamos el grito del corazón?
¿Te olvidaste ya de que fui en tu cuerpo hortelano?
¡Y ahora soy el marrano (1), el que merece la expulsión!

Contra tu despiadado atropello me rebelo
escapando a este desahucio bajo las estrellas
y oponiendo todos mis huesos a tu malicia.

Ya que el tiempo que en ti viví, con todo mi celo,
aunque no lo proteja la ley, dejó sus huellas,
maldigo, pues, este derecho a la injusticia…

(1) El término marrano se aplicaba como apelación peyorativa a los judíos, falsamente conversos, por parte de los cristianos, entre los siglos XV y XVII. En un primer momento, hacía referencia también a los seguidores del Islam.

 

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