El sacrificio de la realidad: una reflexión intempestiva de la actualidad.

Donald Trump ha ganado, aunque casi todos los sondeos indicaban que ocurriría lo contrario. Pero mientras las encuestas no dejan de equivocarse, la mayoría se empeña en esperar que las estadísticas lo expliquen todo; entre otras cosas, por qué se está derrumbando la política, día tras día, a ritmo de espectáculo, escándalo y dinero. Ahora leo en una noticia que, tal vez, una de las razones que expliquen este batacazo de los sondeos haya venido de las falsas respuestas dadas por los encuestados, lo cuales, solo por la presión de la opinión pública habrían dicho que no votarían por Trump. Sea o no convincente esta hipótesis, no cabe duda, en cualquier caso, de que el peso de las estadísticas y de todo lo que pueda ser ofertado con un dato numérico, suele ser una constante que podemos apreciar en el ambiente de los análisis y debates políticos de nuestro tiempo.

Parece, pues, urgente cambiar nuestra forma de pensar y replantear nuestras lecturas políticas. Una manera de hacerlo podría comenzar por una restitución de los aspectos históricos y estructurales en nuestras interpretaciones. Interpretar algo para intentar comprenderlo parece, hoy más que nunca, un camino mucho más fructífero que lanzar una previsión -con puros datos estadísticos- con la que equivocarse estrepitosamente. Pero nuestras modas de pensamiento social, tan devotas de protocolos metodológicos cuantitativos, no nos lo permiten, lo cual no resulta una buena noticia si queremos llegar a plantear tesis significativas a largo plazo. Queda fuera de toda duda la versatilidad de lo numérico, dado que, en cierto modo, casi todo puede traducirse cuantitativamente. Ahora bien, lo que guía el interés sociocultural por un tema y no por otro, o lo que motiva la propia acción social, no puede atraparse con un dato numérico desnudo, sino en el contexto que acoge ese dato y que muestra un proceso histórico constitutivo. Es históricamente que podemos plantear preguntas y esbozar respuestas acerca de la estructura de las cosas. Una vez hecho esto, y en el terreno abonado por el conflicto de nuestras interpretaciones, es que los datos estadísticos pueden recuperar su prestancia.

En virtud de esa estructura y de una historia a la que que la globalización ha impuesto rasgos de expresión comunes, lo que acaba de suceder en Estados Unidos no puede desligarse de lo que está sucediendo en el resto del mundo, bajo su presentación mediática. Para ilustrar este estado de las cosas, tomaré tres ejemplos extraídos de la prensa de Internet. Si se consulta el siguiente enlace aparecido en Yahoo (https://es.noticias.yahoo.com/l%C3%ADder-ultranacionalista-ruso-invita-celebrar-champ%C3%A1n-victoria-trump-081223484.html) se pueden constatar algunas cosas muy interesantes al respecto. Como se puede apreciar, mientras que la noticia habla de un líder del nacionalismo extremista ruso, en la foto aparece Marine Le Pen, candidata del Front National francés, ligado a la extrema derecha. Pero aún hay algo más en el encuadre fotográfico, dado que, justo detrás de la señora Le Pen, figuran dos afiches que hacen alusión al Brexit, asociado igualmente al triunfo de un sector de la derecha ultrarreaccionaria británica, bajo el eslogan: “et maintenant la France” (y ahora, Francia). ¿Despiste del periodista? Puede ser, aunque resulta ideológicamente demasiado bueno para ser verdad. La trina de referencias a sectores ultras de tres países diferentes, pero de una eficacia mediática evidente, supone algo mucho más jugoso de lo que pueda o no significar el error de un periodista o de un blogger free-lance trabajando para un portal de internet. Lo que ahí se oculta es toda una disciplina del discurso que ayuda a configurar la opinión pública de una manera precisa y bajo las únicas reglas del campo mediático. En este caso: vínculo del nacionalismo con los discursos extremistas de la derecha radical, demonización de Rusia y alerta sobre las ideas antieuropeístas de la extrema derecha continental.

Para mostrar un poco más lo que quiero decir, tomemos ahora un par de informaciones que retratan las reacciones políticas de dos nuevos partidos españoles, en relación al resultado de los comicios norteamericanos. El mismo portal de Yahoo hace referencia a los comentarios de los líderes de Ciudadanos(https://es.noticias.yahoo.com/rivera-victoria-trump-estarán-contentos-102643549.html) y  Podemos (https://es.noticias.yahoo.com/iglesias-alerta-graves-consecuencias-triunfo-trump-104826908.html), dos partidos situados simbólicamente en la derecha -aunque algunos acentúen su carácter de centro- y la izquierda -extrema, populista o moderada, según opiniones-, respectivamente. Lo que más llama la atención es el carácter simplista de los comentarios -un poco más acentuado, si cabe, en el caso del líder de Ciudadanos-, pero que se adapta perfectamente al marco mediático de equivalencias en el que se instalan. Mientras que el diseño de la noticia del líder nacionalista ruso sirve para aludir a la extrema derecha francesa y británica, el líder de Ciudadanos hace lo propio asimilando a Podemos con Donald Trump y con Marine Le Pen, a través del calificativo de populista. Por su parte, el cabeza visible de Podemos se desmarca de esta identificación relacionando indirectamente a Trump con el fascismo y pronosticando la victoria de la extrema derecha en Francia, el próximo año. Bajo un juego de calificaciones variables, el drama político no se mueve ni un milímetro de las directrices marcadas por sus directores mediáticos y por las exigencias del orden del día, las cuales reducen las posibilidades interpretativas de un acontecimiento mundial de extrema importancia, como lo son unas elecciones en Estados Unidos, a un juego de descodificación semiótica. La disciplina impuesta por esta semiologización entraña una evidente pérdida de libertad política en la que se están involucrando, aquí y allá, todos los partidos políticos.

La omnipresencia de los medios de comunicación -que son quienes más se benefician y estimulan esta semiotización de la experiencia- y su indiscutible influencia en la conformación de la nueva opinión pública constituye una realidad que puede investigarse cuantitativamente, pero que, ante todo, proviene de una lenta consolidación histórica y cultural. Son innumerables las obras y los autores que podrán citarse al respecto -desde Jürgen Habermas hasta John B. Thomson, Richard Sennett o Armand Mattelart, entre otros- y, sin embargo, es descorazonador comprobar la casi nula incidencia social que tienen esta clase de planteamientos a la hora de combatir la nueva tiranía de la información. Lo que podría ayudar a tomar conciencia de ella, solo aparece y desaparece al ritmo con el que los individuos consumen, digieren y expulsan las agendas informativas de la jornada. La eficacia sin precedentes del intercambio simbólico que representan las informaciones -basadas sobre todo en imágenes- en la actualidad, viene dada en gran medida por este proceso digestivo y esta indiferencia intelectual. Probablemente, otra razón derivada provenga de la complicidad con que una parte de la intelectualidad ha aceptado entregarse a este orden de cosas, convirtiéndose en un subgrupo mediático más -los fast thinkers se multiplican por todas partes, algo que podemos apreciar en España y en Francia. Como resultado de estos dos procesos de digestión y de conversión informativa, la comunicación se ha visto reducida a los imperativos de una hegemonía que fabrica sus textos y sus discursos en un monólogo interminable del sistema consigo mismo. La idea de que esta eficacia del intercambio simbólico que supone la comunicación no conozca precedentes, nace de las capacidades tecnológicas insólitas que se dan en el presente y que van atrapando la vida en su propia Red. Ahora bien, más importante que esta idea es un factor esencial que sirve de condición y, a la vez, de consecuencia de esta vida atrapada, a saber: la transformación profunda de lo real.

El antropólogo y sociólogo belga Paul Jorion, en una entrevista visible a través de su blog o de Youtube (https://www.youtube.com/watch?v=1uM3_k_K4cc), sostiene que hay momentos históricos en los que el poder se desconecta de la realidad. Siguiendo a este pensador atípico, cuya labor lo llevó de la universidad al mundo financiero, mantengo la tesis de que es precisamente en esa desconexión donde los medios de comunicación juegan un rol fundamental, pues pueden aprovechar las distancias creadas entre los agentes y la realidad que teóricamente estos agentes construyen, para conquistar los espacios inhóspitos de esa realidad abandonada. Este vacío creciente de realidad, que podríamos intentar situar en concordancia con la profunda crisis que atraviesa el hombre global de cara a sus representaciones -democracia, justicia, libertad, sentimientos, etc.-, es el límite en el que comienza la perversión lúdico-mediática. Solo más allá de esa línea de acceso puede articularse una resistencia que no pierda su vínculo con la realidad de lo humano. Ahora bien, aunque existen muestras de esa resistencia en múltiples actividades -movimientos sociales, asociaciones comunales, resistencias culturales de toda clase-, que intentan recuperar un protagonismo humano en el diseño colectivo de nuestra vida como especie, tales resistencias tropiezan con el problema de cómo hacerse visibles en un contexto acaparado y atrofiado por una dimensión mediática encerrada en el simulacro. Este es un problema crucial que se ha recrudecido con las tecnologías ligadas a Internet y que permanece como un desafío crucial para los años venideros, pero del que se habla muy poco en comparación a otros asuntos.

Pero volvamos a Trump y a lo que ha sucedido en Estados Unidos. Como decíamos al comienzo, el varapalo de las previsiones estadísticas refleja que, una vez más, no se ha respetado el carácter dinámico de los acontecimientos sociales ni su dimensión histórica. De esta forma, no se ha tenido en cuenta ni el progresivo deterioro de la vida política a lo largo de los últimos años, ni el foso creado entre representantes y representados, ni el endurecimiento de las condiciones de vida que han ido desmantelando las clases medias, entre otros factores. De haber valorado todo esto, ¿no habría sido más imaginable la sorpresa? Donald Trump ha ganado en un país donde casi la mitad de su población ha decidido no votar y, aunque este hecho pueda explicarse por diversas causas, dentro de las cuales figuran las muy diferentes tasas de participación étnica del país, los complicados requisitos que imponen algunos estados para poder votar o la aplicación de una ley del siglo XIX que prohíbe el voto de los ex convictos, no debemos dejar de valorar la profunda crisis del ideal democrático que esta abstención representa, y que se ha ido extendiendo e instalando en otros rincones del planeta. Es cierto que, desde hace varios decenios, la participación electoral norteamericana es muy baja, pero este dato, teniendo en cuenta las transformaciones demográficas del país y los relevos generacionales que se han ido produciendo, no hace más que atestiguar lo avanzada que está la enfermedad de la polis democrática.

La situación de los distintos grupos de edad, en cuya clasificación es fácil perderse actualmente y donde más pareciera que estamos resolviendo una ecuación que refiriéndonos a personas -Generación X, Y y Z-, no sólo sugiere el grado de penetración que ha tenido una ideología comercial basada en el consumismo y en las nuevas tecnologías -dos de los sectores en los que más hincapié se hace al referirse a estas generaciones-, sino que refleja la enorme dificultad que habrá de afrontar quien, desde la política profesionalizada, pretenda ofrecerse como reprVer imagen originalesentante. Los nuevos líderes deben lograr convencer a grupos cuyas actitudes y consumos resultan cada vez más específicos y escurridizos, al tiempo que deben hacerlo en un contexto huérfano de las grandes narraciones y los rituales ecuménicos que en el pasado sirvieron a tales efectos. El caso del relato democrático supone el último ejemplo. Estos espacios, como espacios de realidad, han ido poco a poco cayendo bajo el control de los medios, los cuales codifican y descodifican unos microrrelatos que ellos mismos producen y se encargan de preparar los rituales que ellos mismos ejecutan y exhiben. Los medios de comunicación tradicionales, encabezados por la televisión, junto a los nuevos medios de visibilidad y de intercambio en Red, se han ido reservando esta función mítica y ritual de la nueva sociabilidad. ¿Cómo podría quedar al margen la política de esta mediatización del vínculo social?

Tanto lo ocurrido en las elecciones de Estados Unidos, como las reacciones provocadas en otros lugares del mundo  ante sus resultados, o lo que pueda suceder en otras elecciones próximas, como las francesas de 2017, no puede pensarse convenientemente sin la subordinación de la política a las nuevas estrategias de la imagen-producto contemporánea y de la actividad de los medios que las ponen en práctica. Los electores, convertidos en audiencias mucho antes que en ciudadanos, la progresiva fragmentación de los consumos y las identidades que corre paralela a la especialización de los modos de vida, así como la crisis generalizada de la existencia y de la fe en la participación política tradicional, hacen mucho más difícil animar un modelo de identificación que pueda asegurar una unión espontánea con los nuevos líderes políticos. Un indicio de esto lo tenemos en Francia, donde las alusiones de la derecha y de la izquierda a la figura del general De Gaulle como hombre providencial, no hacen sino reflejar, por medio de la sublimación nostálgica, lo lejos que se está de ese ideal de providencia. Ahora, para recuperar el terreno perdido por la desaparición del lazo providencial y mítico con la nación, los líderes dependen más que nunca de la adaptación en la producción y reproducción de su imagen a la velocidad vertiginosa de la telépolis mediática. Hay que añadir, en este sentido, que dicha unión se ha visto todavía más perturbada por el nuevo marco de la mundialización, donde el papel de la soberanía nacional ha quedado desplazado por el rol de los agentes económicos internacionales.

No es Donald Trump quien ha conseguido ganar, ni tampoco sus electores,  sino los mediadores que han sabido adaptar la construcción de su imagen a este contexto tan indeterminado y complejo. Como me comentaba un amigo mexicano, que estudió y vivió algún tiempo en Estados Unidos antes de venir a Francia: “yo conozco ese país, no como si lo hubiese parido, pero lo conozco bien. Además de que Estados Unidos, por más que se diga, es un país lleno de racismo, hay que tener en cuenta que la gente está cansada de las élites de siempre. Hillary Clinton forma parte de esa élite. ¿Qué puede representar ella para un negro de un barrio pobre?Aunque Trump forme parte de esa élite económica también, él para mucha gente puede representar el sueño americano, el man que hizo su fortuna seguramente con sangre y con mafia, pero que la hizo él solo. Estoy seguro de que mucha gente piensa que ellos pueden ser el próximo Donald Trump.”

Poco importa la moral del nuevo habitante de la Casa Blanca. Lo que importa en el contexto en el que nos movemos, de lucha mediática a muerte, es saber aprovecharse del pathos ajeno y extraer de él todo su jugo. En esta línea, es Donald Trump quien mejor ha simpatizado con el estado histórico y moral de un país mediatizado y puede que hasta con el de toda una época. Nuestro celo analítico no puede darle la espalda a esta lamentable radiografía, por un simple ataque de indignación. Trump representa muchos más de los valores que se han ido instalando en Occidente, de lo que nos gusta confesar públicamente. También en esto se equivocaron las encuestas, creyendo que las salidas de tono, los comentarios xenófobos o sexistas de Trump le costarían votos, en lugar de dárselos. Una visión angelical imperdonable, que olvidó cierta propensión del animal humano a rendir homenaje a quienes sean capaces de hacer alardes de omnipotencia y de inventar la ley del más fuerte.

En el nuevo terreno de la vida mediatizada, la política no puede quedar al margen. Sea a través de su cómplice entrega al marketing de la imagen, en busca de la sublimación perdida, o bien sea a través de una resistencia consciente a la mercantilización que subyace en el fondo de todo ese proceso, la política de los elegidos y la de aquellos que los eligen debe tomar partido en el dilema que le obliga a clauidcar o a combatir. Ahora bien, elegir el combate supondría refundar el vínculo social, haciéndolo salir de ese círculo fatídico del simulacro mediático en el que ha caído, algo que los líderes políticos que conocemos no podrían hacer sin destruVer imagen originalirse a sí mismos, dado que la salida de esta mediatización excesiva implicaría el sacrificio de sus iconos de hiperrealidad, algo muy distinto al imparable sacrificio de realidad con el que esos mismos”policonos” conjuran el peligro y se mantienen a resguardo.

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Entre los escombros de Alepo

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